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José Cecilio Ávila

   

(Miércoles, 22 de Noviembre de 1786)

Nació José Cecilio Ávila el 22 de noviembre de 1786 en el sitio de Pedernales, cercano a la población de Güigüe. Hijo de Don José Gregorio Ávila, quien había casado seis años antes con la aún adolescente Doña Francisca Antonia Casañas, de doce años de edad, fue el tercero de seis hermanos. Tenía once años, cuando una violenta e inesperada enfermedad le arrebató a su progenitora, joven todavía ; sin duda, la precoz maternidad le había minado el organismo. Como su padre se había radicado en Caracas, José Cecilio pudo seguir cursos de latín y filosofía, culminados el 11 de mayo de 1803. El 11 de agosto de 1805 obtuvo el título de Maestro en Filosofía, y el 25 de enero de 1808 el Doctorado en Teología . Al mismo tiempo que realizaba sus estudios, se preparaba para el sacerdocio: "Devorado del deseo de consagrarse a Dios, Ávila vistió el traje eclesiástico desde sus tiernos años. Su infancia y su adolescencia, inocentes, puras, habían corrido en el vestíbulo del templo. Vencido por la constancia del joven y asegurado de la solidez de su vocación, su padre le dejó libertad de escoger un estado, donde él mismo pensó entrar en su juventud y en que acababa de empeñarse. Recibió la primera tonsura el 25 de mayo de 1806; el 19 de noviembre de 1810 los órdenes menores y el Subdiaconado; (...); y el 10 de agosto de 1811 recibió el Sacerdocio de manos del Illmo. Señor Coll y Prat, que había alentado su valor y que le amaba y distinguía".

Para el año de 1814 el Padre Ávila fue escogido por el Illmo. Sr. Coll y Prat, que era el Arzobispo de Caracas, para el Rectorado del Seminario Tridentino, ya para entonces separado de la Universidad: "Hasta el año 1785 el Rector del Seminario lo era también de la Universidad; desde entonces, efecto de graves y sobrado ruidosas diferencias entre el Maestrescuela Fernández de León, Cancelario de la Universidad, y el Obispo Mariano Martí, en 1778, el cargo de Rector (de la Universidad) fue bienal, sacerdote o seglar, con graves consecuencias para la disciplina del Seminario, cuyo Rector, morador constante del mismo, no podía corregir abusos o deficiencias, cuando el Rectorado era ejercido por un seglar, ausente muchas horas de la Universidad como morador externo". No deja de llamar la atención, que el Padre Ávila asumiera el Rectorado del Seminario Tridentino en plena conflagración de la guerra a muerte, proclamada por Bolívar desde la ciudad de Trujillo, el 15 de junio de 1813. Y, anota Juan Vicente González: "Lo maravilloso es que en el seno mismo de tan deshecha borrasca halláse tiempo para la enseñanza de diversas cátedras, la de Cánones sobre todo, que empezó a regentar, en propiedad, en lo más crudo del año de 14, y para desempeñar los arduos deberes de Cancelario, de Magistral y de Fiscal en el Tribunal Eclesiástico".

Cuando en el año de 1815 el General Pablo Morillo llegó a Caracas al mando de las tropas realistas, se produjo el primero de una cadena de incidentes en la vida del Padre Ávila, de los cuales, sin embargo, siempre supo salir airoso: "Veintinueve años tenía Ávila, cuando el General Don Pablo Morillo llegó a Caracas (...), henchido de orgullo y seguro del espléndido triunfo de sus armas. Ávila estaba encargado de predicar en el Te-Deum solemne, (...) El sacerdote justo, extraño a las revueltas y partidas y a la sangre vertida, no quiso derramar sobre el adusto guerrero esas flores que prodiga al vencedor el fanatismo de sus parciales o el terror de los vencidos; y en su lenguaje ameno, lleno de dulce y amable sabiduría, le predicó la clemencia en nombre de la gloria y de las vicisitudes de la suerte, pintándole bella la del caudillo que no se manchó con sangre, y como único héroe, al campeón humano que enjuga las lágrimas de las naciones, derrama bálsamo sobre sus heridas y las cubre con sus banderas triunfales. El Señor Coll y Prat, (...), preguntó al Jefe español lo que pensaba del joven y modesto predicador. El impetuoso soldado quería respirar el incienso que aún traspiraba en aquel templo en honor de Boves; y se mostró desdeñoso y desagradado. Pero este desentono soldadesco, que es un timbre para el Doctor Ávila, movió al bondadoso Prelado, que le amaba, a enviar el discurso al Consejo de España, con el elogio del orador, único origen del título de Capellán del Rey, que nunca recibió". Alguna vez se le reprochó aquel título, y pudo redargüir con toda sencillez: "Si esa u otra gracia fue concedida, que no se me comunicó, la acción que la produjo, me fue, es y será honrosa a la faz de Colombia y de cualquier pueblo donde se aprecie la humanidad y la delicadeza".

Cuando se cumplía el Centenario de la Cátedra de Cánones en la Universidad, el 15 de Julio de 1820, estando Caracas todavía bajo el dominio español, quiso el Padre Ávila organizar un acto literario en solemne homenaje a su fundador, el Illmo. Sr. Don Juan José de Escalona y Calatayud: "Las cuestiones de costumbre circulaban ya impresas, cuando el 11 del mismo julio, el Doctor Andrés Level de Goda", quien era el Fiscal de la Real Audiencia, "elevó al Rector de la Universidad Don José Manuel Oropeza un oficio, oponiéndose al sostenimiento público de aquellas conclusiones. Había prohibido anteriormente la defensa de una de ellas, en calidad de Censor regio, y reclamaba el mismo título para impedirlo de nuevo. (...) Urgía la resolución: Tres días faltaban apenas para el 15. En tan escaso tiempo Ávila debía analizar las cuestiones y publicar su defensa por la única imprenta del país, recargada de trabajo y falta de recursos. Pero bastó a todo: Probó el enlace y verdad de sus tesis, lanzando ligeras burlas contra la erudición y estilo del Fiscal; (...) El Doctor Oropeza decidió oportunamente en favor del Profesor de Cánones. En vano rugió y representó el fiscal, retractándose en unas cosas e insistiendo en otras: El público que se unió contra él, añadió al despecho de la derrota, el ultraje de una risa irónica y desdeñosa". Por cierto, que en sus Memorias alardea el Doctor Level de haber obtenido de España "la determinación del Rey sobre lo sucedido con el Catedrático de Cánones en esta Universidad, el Presbítero Dr. Don Cecilio Ávila, declarándole Su Majestad depuesto de la Cátedra con prohibición de servir ninguna otra y de obtener en la carrera eclesiástica ningún empleo, por haber desconocido la censura regia en la enseñanza pública, una de las prerrogativas de la corona". Sellada la Independencia de Venezuela en la batalla de Carabobo, el 24 de junio de 1812, aquella determinación del Rey resultó trasnochada y careció, por supuesto, de toda eficacia.

Cuando, a principios del año de 1824, se publicó un comunicado anónimo en repudio del texto que empleaba en la enseñanza de Cánones el Padre Ávila, las "Instituciones Canónicas" del Illmo. Sr. Juan Devoti, la contestación apareció a los dos días: "Es una réplica fina, impersonal, incisiva, llena de comedimiento y fuerza. El anónimo adversario le acusaba de godo (apodo que daba la revolución a los realistas), y citaba en comprobación el nombramiento de Capellán de Su Majestad Católica que había merecido del Rey". Sin duda, el comunicado anónimo se dirigía contra la persona misma del Padre Ávila, y corría el rumor, que su autor era el más tarde tristemente célebre Pbro. Dr. José Antonio Pérez de Velasco.

Pero la mayor gloria del Padre Ávila fue la de haber salvado a la Universidad de Caracas: "Para 1824 la Universidad iba a cerrarse, por la imposibilidad de sostenerse. Sin dotación los catedráticos, la Academia, sin medios de subvenir a los gastos más indispensables, habría caído, sin duda, por algún tiempo al menos, sin la feliz elección de Ávila para el Rectorado. Entra éste y al punto llena todas las necesidades con desinterés sin ejemplo: Restablece la abandonada disciplina, anima a los profesores, despierta el entusiasmo, y aprovechando aquellos últimos tiempos, cuando la corrupción y el egoísmo no se cubrían con el pomposo ropaje de los intereses materiales, da nueva vida a los estudios, los ensancha, y prepara y funda nuevas cátedras. Amenazaba a los estudiantes una contribución para el pago de los profesores; se opone y contenta a éstos; y temeroso de la inutilidad final de sus esfuerzos, tienta el único camino para salvar y perpetuar la fuente exclusiva del saber en Venezuela: Escribe a Bolívar, (...)". Se ignora el contenido de la correspondencia que enviara el Padre Ávila al Libertador; pero, éste le contestaba en elocuentes carta, fechada en Lima, el 20 de febrero de 1826, que "me será muy halagüeño satisfacer la indicación que Vuestra Señoría me hace en beneficio de esa Universidad; porque después de aliviar a los que aún sufren por la guerra, nada puede interesarme más que la propagación de las ciencias". Y, en efecto, el 24 de junio de 1827 promulgaba Bolívar los nuevos Estatutos de la Universidad de Caracas, habiéndola dotado anteriormente de suficientes recursos: "Por primera vez el Estado venezolano puso en manos de la Universidad una sólida fuente de ingresos para desarrollar sin trabas el cultivo de la ciencia. Los fondos del extinto Colegio de Abogados, las obras pías de Cata y Chuao, los bienes de los jesuitas expulsados (por el Rey Carlos III), las rentas anuales sobrantes de los resguardos indígenas, la renta de quinientos pesos anuales de la Canongía Lectoral (suprimida por Decreto del 10 de marzo de 1826), la hacienda de caña dulce nombrada 'La Concepción',ubicada en Tácata, expropiada al canario José Antonio Sánchez y adjudicada a la Universidad por Decreto firmado el 16 de mayo de 1827, la manda benéfica de seis pesos, que los Doctores y Maestros cederían en favor de los estudios, y otros bienes, constituyeron el patrimonio económico que el gobierno cedió a nuestra primera Casa de Estudios".

Aunque para el año de 1827 ya era el Dr. José María Vargas el Rector de la Universidad, corresponde al Padre Ávila el mérito de haber interesado al Libertador en el continuado desenvolvimiento y progreso de la misma. Este mérito es tanto más evidente, cuanto que el Dr. José María Vargas apenas había regresado al país en el año de 1825, y apenas se había incorporado a la Universidad en el año de 1826, cuando "propuso a la Universidad la creación de una cátedra de Anatomía que él impartiría 'gratis y a sus expensas'. El Rector José Cecilio Ávila no sólo concedió la licencia, sino que ofreció realizar activas diligencias para que la Cátedra se incorporara al plan de enseñanza. El 18 de octubre de 1826, Vargas inició las clases con 13 discípulos que acudían a su domicilio todos los días de cuatro a cinco de la tarde".

Entretanto, fallecido el Illmo. Sr. Narciso Coll y Prat a finales de 1822 en España, y efectuadas las gestiones para obtener de la Santa Sede la provisión de las sedes episcopales vacantes de Colombia, en las que intervino personalmente el Libertador, había sido preconizado Arzobispo de Caracas, el 21 de mayo de 1827, el Illmo. Sr. Ramón Ignacio Méndez. Incansable, desarrollaba el Padre Ávila una febril e intensa actividad a la sombra del Prelado: "Secretario del Illmo. Señor Ramón Ignacio Méndez, de grata memoria, Capellán del Monasterio de las Concepciones, Catedrático y alma de la Universidad, predicador asiduo, representante de las Cámaras Legislativas, centinela de la fe, defensor de la disciplina de la Iglesia, Ávila reunía deberes que hubieran agobiado a muchos hombres. Su genio se multiplicaba por todas partes, y su acción se sentía poderosa en la Iglesia, y en la Academia, y en el Congreso, y en la moral pública y hasta en los asuntos domésticos que ocurrían a su inagotable caridad".

Era el Padre Ávila Secretario del Illmo. Sr. Méndez, cuando el Arzobispo fue extrañado del país, el 21 de noviembre de 1830, por negarse a prestar el juramento llano de la Constitución de Venezuela, que se había separado de la llamada Gran Colombia. El Padre Ávila acompañó al Arzobispo en su destierro a Curazao, pero pudo volver muy pronto, a tiempo para integrarse al Congreso de 1831: "Perteneció al primer Congreso Constitucional, cuerpo bañado por el reflejo de filosofismo e impiedad de los anteriores años y formado en gran parte por esos hombres de pasiones violentas que en las revoluciones tienen un influjo formidable. En las cuestiones sobre el patronato, los diezmos y el fuero eclesiástico, rasgos de religiosa impiedad venían a herirle; y eso que la autoridad de su nombre y sus virtudes imponían a éstos y contenían a los demás". Es de suponer, que el Padre Ávila echara mano de todas sus influencias para lograr el regreso del Illmo. Sr. Méndez, a quien se le había unido en el exilio el Vicario Apostólico de Guayana: "El Clero pidió y el Gobierno otorgó el pasaporte para el regreso al país de los Obispos y de sus comitivas que permanecían en Curazao. La orden fue dada el 17 de mayo de 1832, con la condición que los Prelados prestasen el juramento a la Constitución, sin repetir las protestas anteriores. El 19 del mismo mayo desembarcaron en el puerto de La Guaira el Señor Arzobispo Doctor Ramón Ignacio Méndez, el Señor Obispo de Trícala, Vicario Apostólico de Guayana, Mariano Talavera y Garcés y sus comitivas".

Tenía el Padre Ávila el don de la palabra, ya fuese hablada o escrita. Tal fue su fama de orador, que Juan Vicente González llega a expresar, que "al escucharle, no se deseaba más. Dueño del corazón y del oído, no dejaba aspirar a más elevación, a más facilidad, delicadeza y gracia; y el alma contenta con oírle, amaba lo que decía y cómo lo decía".

En el año de 1832 le tocó librar su último combate. Ya había sostenido brillantes polémicas contra las ideas del librepensamiento, como las contenidas en el folleto "La Serpiente de Moisés", publicado originalmente en Bogotá y reimpreso en el año de 1826 en Caracas. Pero, el 8 de septiembre de 1832 salió a la luz pública el "A Vosotros cualesquiera que seáis, salud, etc.", cuyo autor permanecía en el anonimato, siendo identificado con el Pbro. Dr. José Antonio Pérez de Velasco. El interés de este sacerdote en promover ideas de procedencia jansenista lo explica Juan Vicente González: "En los años de 13 y 14 dividió con el Señor Coll y Prat, en calidad de Provisor, los peligrosos cuidados de la extensa grey de Venezuela; y no se sabe que, aunque de las ideas políticas del Gobierno en aquella época agitada, promoviese dificultades o atrajese sinsabores al ilustrado y virtuoso Prelado. Cuando el año de 15 fue remitido a España, con otros clérigos desafectos, por el Gobierno español, las novedades políticas de su país le habían preparado a las novedades religiosas. Halló allí, conservadas a través de los años, las tradiciones del protestantismo español de Juan Valdez, Cipriano Valera, Doctor Juan Pérez, Carrazcón, Raimundo González del Monte y mil otros, renovadas por las revoluciones profundas que conmovieron a la Europa". Era el propósito de Pérez de Velasco probar la justicia del Patronato Republicano, que no era sino la apropiación ilegal e injusta del Patronato Regio por parte del Gobierno de la llamada Gran Colombia, asumida luego por el Gobierno de la naciente República de Venezuela. Pues bien, el Padre Ávila no pudo ignorar la provocación que representaba el "A Vosotros cualesquiera que seáis, salud, etc.", y, "enfermo ya, debilitado por sus austeridades y por las vigilias y la fatiga, recogió todas sus fuerzas contra un adversario, que había experimentado ya. Era su último combate. El publicó a un tiempo 'La Libertad en armonía con la Justicia', 'Venezuela al Congreso' y 'Aviso a los lectores' y protegió otros periódicos que aparecieron sucesivamente. ¡Vasta y libre discusión, en que historia, liturgia, patrologia, erudición, bibliografía, gramática, todo sirvió para el combate y la defensa". Aunque no influyeron sobre la legislación del Patronato Republicano, los escritos del Padre Ávila sirvieron para alertar al Clero y a amplios sectores de la sociedad sobre las doctrinas de Pérez de Velasco.

La salud del Padre Ávila se había resentido de tantos afanes, aunque: "En los primeros días de febrero de 33 aún asistía al Congreso. El día 4 habló muchas veces contra una medida, que ofendía los derechos de acreedores legítimos. Débil, pálido, en su último discurso su cuerpo parecía que iba a desfallecer. Había agotado sus fuerzas en este esfuerzo supremo por la moral. La Cámara de Representantes le excitó a buscar la salud en el descanso y se apresuró a concederle el permiso de retirarse". El Viernes Santo del mismo año, "después de aguardar largo tiempo al sacerdote encargado del sermón del Santo Sepulcro, desfallecido, casi grave, a fin de satisfacer la pública ansiedad, subió al púlpito para reemplazarle. Su voz fue más dulce, más persuasiva, por la melancolía misma que le daba el dolor. Eran los últimos acentos del cisne, el último suspiro de su elocuencia moribunda". Le trasladaron a Güigüe, "por si los aires que respiró niño, lograban fortificarle; permaneció luego desde fines de septiembre hasta el 22 de octubre en las Barrancas, sitio cercano a Caracas".

El 24 de octubre, los médicos declararon que se acercaba la hora, y el mismo Arzobispo, el Illmo. Sr. Méndez, "que no se apartaba de su lado, le manifestó con lágrimas que era tiempo de recibir los sacramentos. Ávila observó que era dar una nueva aflicción a su padre; pero luego añadió, 'pronto le daré una mayor`. Todos los domingos y festividades aquel sacerdote, que no sabía separarse un instante de su doliente hijo, le decía Misa y administraba la Comunión. A las cinco de la tarde recibió el Viático y a las diez de la noche la Extremaunción. Ya desde las nueve, el día siguiente, había perdido la voz y el frío de la muerte se había apoderado de sus pies y manos. Ocho sacerdotes de rodillas alrededor de su lecho, rezaban los salmos y las oraciones de los moribundos. A las diez y cuarenta minutos de la noche, sin agonía ni convulsiones, como un niño que duerme para despertar, Ávila murió en el Señor".

Se fijó el día 27 de octubre para el entierro, mientras resultaba conmovedor observar al anciano progenitor del difunto sacerdote, al Pbro. José Gregorio Ávila, al lado del féretro, con la mirada clavada en los restos queridos.

El día señalado, a las diez de la mañana, "salió el cuerpo en medio de una pompa fúnebre, inmensa y popular. El pueblo mismo era la policía. Ningún accidente en esta multitud de almas apiñadas en menos de cuatro cuadras. A la cabeza marchaba el Illmo. Señor Arzobispo y los miembros del Cabildo eclesiástico. La Universidad en cuerpo venía después; luego los primeros ciudadanos de la República, y señalándose por su aflicción, los jóvenes que recibían entonces sus lecciones. El General Páez, Presidente del Estado, marchaba sin ninguna distinción en medio de todos. Las aceras estaban cubiertas de una multitud inmóvil, que se dilataba desde la casa hasta el templo. El convoy inmenso se dirigió hacia la calle del Comercio, dobló luego hacia San Francisco y cruzando al norte, se encaminó al Convento de las Concepciones", donde tuvo lugar al entierro. Desde luego se preocuparon, tanto la Iglesia como la Universidad, de multiplicar los homenajes fúnebres a la memoria de tan meritorio sacerdote. En uno de aquellos homenajes habló uno de sus discípulos, el Sr. Alejo Fortique: "¡Ávila! De tí es que hablo, de tí había escrito muchas páginas que la modestia me ha hecho borrar. Merecen a veces los que fomentan tanto honor como los que fundan, más no temas: Vuelve a sellar mis labios el deseo de no ofender tu pudor. No yo, sino los mármoles de tu estrecho liceo, hablarán de tí a la posteridad. Las venerables imágenes de Calatayud, de Ibarra y de Rincón que has sacado del olvido, rodearán un día la tuya, y la Academia conservará tu memoria como un tesoro de infinito precio y como un perfume que la glorificará".

¡Tal era el sacerdote, a quien el Padre Castro admiraba! ¡Tal era el modelo, que proponía a los jóvenes alumnos de la Escuela Episcopal! En el año de 1886 promovió los festejos del Centenario del nacimiento del Padre Ávila, siendo el orador del acto en el Paraninfo de la Universidad Central: "Ávila y Vargas: He aquí los dos grandes nombres que simbolizan para esta Universidad cuanto ella tuvo de glorioso y fecundo en los primeros años de nuestra independencia. Para abrir ancho paso a las corrientes del saber, esos dos ilustres varones no retrocedieron ante ningún esfuerzo: El desinterés en ellos fue absoluto, y las obras que fundaron, y los trabajos que realizaron en favor de su patria, están en nuestra memoria y en nuestro corazón despidiendo siempre ese aliento de virtud inmaculada que fue el sello inmortal de tan grandioso empeño". Y añadía: "Que la memoria de Ávila viva en esta Universidad como honra y como estímulo apreciados siempre, para que los esfuerzos que el presente lega a la posteridad sean dignos del que supo producirlos y sostenerlos por el amor de la Religión y por el amor de sus conciudadanos".

(Biografía tomada del Escritor, Periodista Juan Vicente González)

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