ESTALLA LA GUERRA FEDERAL
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El
20 de febrero de 1859 estalló en la ciudad de Coro el movimiento de la
Federación, que después se convirtió en una guerra de funestas consecuencias
para Venezuela. Después
de la guerra de independencia, es la más larga contienda civil que ha
sufrido nuestra patria. Muchos historiadores coinciden en que fue como
una «prolongación de la guerra de independencia en cuanto a los problemas
de carácter social y político, dejados sin resolver una vez lograda definitivamente
la emancipación de España con las victorias de 1821 y 1823 y la separación
de la Gran Colombia bolivariana en 1830. » Los
abanderados de este movimiento fueron Ezequiel
Zamora y Juan Crisóstomo Falcón.
Este día, el comandante Tirso Salaverría asalta el cuartel de Coro, se
apodera de 900 fusiles y lanza el «Grito de Federación». «La
revolución de marzo ha sido inicuamente falseada. Atraídos por los encantos
de su programa fascinador, concurrieron a consumarla todos los venezolanos;
y su triunfo no ha producido otros gajes que el entronizamiento de una
minoría siempre retrógrada, siempre impotente en su caída, siempre ávida
de satisfacer innobles venganzas ... » «¡Corianos!
No temáis. La Federación es el Gobierno de los libres, y Venezuela obtendrá
el lauro de la Federación. No hay un solo venezolano, con excepción del
reducido club que hasta ahora nos ha dominado, cuyo corazón no lata de
entusiasmo al impulso de esa voz mágica y arrobadora ... ». El
23 de febrero de ese mismo año se conoce en Caracas que había estallado
en Coro el movimiento de la Federación. Esto motivó la renuncia de los
Ministros Lucio Siso, Miguel Herrera y doctor Sanojo, sustituidos respectivamente
por Rafael Arvelo, Pedro Casas y Soublette. La agitación en la capital
es notoria. Es por esto que en el Escudo Nacional, al lado de la fecha del 19 de Abril de 1810 aparece la del 20 de febrero de 1859. Al día siguiente de este pronunciamiento de Coro, el Coronel Salaverría «lanza una proclama que es una declaración de guerra» que duraría lamentablemente hasta el 24 de abril de 1863 cuando, después de largas negociaciones, se firma el Tratado de Coche. LA
GUERRA FEDERAL La
ruptura de la Fusión contribuirá a precipitar la guerra. Y la expulsión
de los principales pronombres militares y civiles de las filas liberales
sólo sirvió para que coordinaran con José Tadeo Monagas, cuyo prestigio sobre las
masas rurales del Oriente era poderoso, los planes de la revolución. El
15 de octubre de 1858, en Saint Thomas, los diversos grupos revolucionarios
constituidos en «Junta Patriótica de Venezuela», con Félix María Alonso
de Presidente y Antonio Leocadio Guzmán, Ramón Anzola Tovar, Napoleón
Sebastián Arteaga y Carlos Sanabria, que hace de Secretario, redactan
el primer programa de la Federación. Consta de 26 artículos y en su mayoría
es una enumeración de derechos y garantías que van a ser recogidos por
la Constitución de Valencia. Lo nuevo es la implantación del sistema federal,
la abolición de la pena de muerte por delitos comunes, remoción de los
Ministros del Despacho por acuerdo de los dos tercios de cada Cámara,
libre navegación de los, ríos, lagos y aguas costaneras. En realidad,
el programa no distaba mucho de los principios contenidos en la Carta
de Valencia. El problema que se debatía era distinto y así lo reconocerá
más tarde Falcón, designado jefe del movimiento, en su Proclama de Palmasola: «La
cuestión no es que las leyes que hagáis sean buenas o malas: la cuestión
es que el derecho de hacerlas no es vuestro, sino de la mayoría: porque
en las Repúblicas corresponde a aquélla el ejercicio de todos los poderes
sociales. He aquí la verdadera causa de la presente revolución; la misma
de siempre... Venezuela tendrá elecciones libres, que es su gran empeño,
como base de la República, y con ellas será lo que quiera ser.» Causas
de la Guerra. Motivo
de innumerables polémicas ha sido el dilucidar las causas exactas que
desataron la tremenda guerra federal. Conservadores y liberales se achacan
mutuamente la culpa. Los primeros consideran que fue la propaganda de
los liberales con su reparto de tierras y con la abolición de la esclavitud,
lo que subvertió el orden político y social y desencadenó la tormenta.
Para los segundos, los conservadores son los responsables de ella, con
su negativa a liberalizar el gobierno, a ampliar su base dándole cabida
a las personalidades de doctrina opuesta a su errada política económica,
que produjo la crisis del año cuarenta y seis, y con la formación de una
oligarquía política y social que retrotraía al país a los días de la Colonia. Múltiples
y variadas son las causas que la determinaron. Económicas, sociales, políticas,
e ideológicas, engendraron esta situación. Causas
económicas y sociales. Es Vallenilla Lanz quien
ha incidido más en las causas económicas y sociales que determinaron la
guerra federal. El haber continuado igual la estructura social y económica
de la Colonia, una vez realizada la independencia; la conservación de
la esclavitud; el mantenimiento de los latifundios; el predominio de la
clase propietaria en el gobierno, son los factores del descontento social
y económico. Este descontento se mantuvo atenuado a raíz de la desmembración
de la Gran Colombia, ya que parte de la propaganda para ello basaba en
que la situación económica de Venezuela era resultante de su subordinación
a Bogotá; y con la efímera bonanza de la oligarquía, gracias a medidas
del hacendista Michelena y el mayor precio que los productos agrícolas
adquirieron en el mercado internacional. Bonanza que hizo crisis en 1840,
determinando la ruptura de la oligarquía y engendrando así el Partido
Liberal. El
ascenso al poder de Monagas, no resolvió la crisis, sino que al contrario,
la acentuó. Gobierno personalista por excelencia, sólo se ocupó de mantenerse
en el poder, y no en resolver los agudos problemas que le habían hecho
posible el apoyo del pueblo en su lucha contra la oligarquía conservadora.
La concentración de las tierras baldías en pocas manos, y el peculado
y la malversación de los fondos públicos que caracterizan el gobierno
de la «dinastía», y la persecución política y el predominio de pequeñas
banderías políticas en la República, que vivían del pillaje y del robo
del ganado, aceleraron el estallido. Para
1858 ese descontento social se manifestaba en levantamientos armados.
El de Medrano y González, constituye un signo. «No
obstante, dice Alvarado, donde más pareció condenarse ese descontento
social fue en las provincias de Portuguesa, Barinas y Apure, en la primera
sobre todo. Cierto es que en ellas se mantuvo un círculo de hombres dados
al caudillaje, a la expropiación, a las intrigas, y que estos tales se
aprovecharon de anchos créditos que abrió el comercio de Ciudad Bolívar
a consecuencia de la exportación de pieles de res, precipitándose a concurrir
también con sus productos y obteniendo por oscuros medios aquella mercancía;
pero resulta de otras averiguaciones que los labradores andaban agobiados
por los especuladores que medraban en el comercio del añil, y que muchos
de estos mercaderes más dolosos o menos afortunados, se desacreditaron
al cabo y desacreditaron al comercio honrado de aquellas provincias; hecho
lo cual, refugiáronse debajo de la bandera de la insurrección, constituyeron
lo que se llamó entonces la facción de los "indios de Guanarito",
aunque poquísimos eran los que en ella representaban la propia raza indígena,
aun viviendo en sus propios resguardos. Sucedió esto cuatro meses después
de la revolución de marzo. Como corriese la voz de que las fichas que
hacían circular los comerciantes eran para vender al pueblo a los extranjeros,
o para reducirlo a la esclavitud, y que los hierros con que marcaban los
zurrones de añil eran para señalar a los esclavos, engrosaron pronto las
filas de los rebeldes y al grito de: "¡Todos somos iguales! ¡Mueran
los blancos! ¡Abajo los godos! ¡Hagamos patria para los indios!",
corrieron a alistarse en ella mucha gente perdida, deudores fraudulentos
no pocos y acaso hostigados por la miseria la mayor parte. Un informe
del general Escobar refiere cómo se alucinaron los indígenas con el resguardo
de tierras que les ofrecían los leguleyos de las aldeas y cómo se persuadió
a los libertos de que el Gobierno iba a hacerlos otra vez esclavos; mientras
que los pobres creían que se les quería vender a los ingleses para con
sus carnes hacer jabón y con sus huesos cachas de cuchillos, bastones
y sombrillas.» Arcaya,
que, como ya hemos observado, le niega carácter de guerra social a la
de la Federación, enjuicia estos primeros movimientos así: «Si
examinamos más en concreto la cuestión que nos ocupa, y nos fijamos en
los primeros alzamientos de la guerra federal, ocurridos en las selvas
y llanos de Portuguesa, Barinas y Apure, en 1858, que por haber sido acaudillados
por oscuros guerrilleros han dado lugar a que se suponga que eran movimientos
inspirados por la cuestión social, veremos que se explican más fácilmente
como una simple regresión a la vida nómada primitiva.» Causas
políticas e ideológicas. La bandera doctrinaria
que enarbolaron los adversarios de los conservadores, fue la de la Federación.
Basándose en la cínica exposición que en el Congreso de 1867 hizo Antonio
Leocadio Guzmán, cuando decía: «No
sé de dónde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la Federación,
cuando no sabe ni lo que esta palabra significa: esa idea saló de mí y
de otros que nos dijimos: supuesto que toda revolución necesita bandera,
ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la Constitución con
el nombre de Federal, invoquemos nosotros esa idea; porque si los contrarios
hubieran dicho Federación, nosotros hubiéramos dicho Centralismo.» Basándose
en esta exposición, repetimos, se ha creído ver que la doctrina política
federal no tuvo que ver con el movimiento y que fueron causas de otra
índole las que lo engendraron. «La
teoría democrática, honradamente propagada por apóstoles e ideólogos como
Estanislao Rendón y Napoleón Sebastián Arteaga, se convirtió para la plebe
incultá, todavía analfabeta, en una especie de espejismo donde se veía
realizada la igualación de las clases sociales, aun en merecimientos y
honores. Antiguos esclavos tomaron en serio la conseja de que "los
godos" querían reducirlos de nuevo a la esclavitud; gentes cándidas
llegaron a creer en la amenaza de ser vendidos al extranjero. Para ganar
prosélitos los jefes federales multiplicaron los grados militares, llegando
al fin Falcón a firmarlos en blanco para que se distribuyesen en todas
partes. Hombres enteramente incultos, simples peones, manumisos, esclavos
recién libertados, aparecieron de pronto como capitanes, coroneles, generales,
aunque no supiesen leer ni escribir. De modo que los aventureros de todo
linaje hallaron siempre mejor acogida en las filas federales. Y quién
sabe qué odios se despertaron en tantas almas oscuras, qué deseos de venganza,
qué recuerdos de injusticia, de iniquidades. ¿La libertad política? Había
sido privilegio del ciudadano rico, del amo, del doctor, del hacendado.
¿La Patria? Idea confusa, casi tanto como la de los llaneros de Páez en
la época de emancipación; en todo caso, la idea de patria apenas se distinguía
del hecho de poseer tierra. Propietario y oligarca eran casi sinónimos
para el peón. De todas las teorías políticas, leídas por algunos en periódicos,
oídas por los más, en rápidas conversaciones, la única que podía penetrar
en la masa anónima era la de igualdad o igualación de clases. Este debía
ser el credo de los pobres, de los oprimidos, de los eternos miserables,
de los despreciados por el color de su piel. ¡Por fin el negro igual del
blanco, el liberto igual del amo, el pobre igual del rico, el pobre rico!» Vallenilla
Lanz niega que las prédicas demagógicas hayan tenido influencia determinante
en el despertar político de las masas: «Por más que hemos solicitado,
dice, en muchos periódicos de la época esos artículos subversivos capaces
de corromper las masas populares, de trastornar el orden público, no los
hemos encontrado. "El Venezolano", de Guzmán, "El Patriota"
de Larrazábal, "El Torrente" de Rendón, "El Republicano"
de Bruzual, que fueron los órganos principales de la oposición liberal
desde 1840, por más subversivos que fuesen, estaban escritos en un estilo
demasiado elevado para penetrar en la mentalidad rudimentaria de la reducida
minoría que alcanzaba a leerlos. ¿Cuántos ejemplares, además, podía editar
cada uno de aquellos periódicos?» Olvida Vallenilla la multitud de periodiquitos
que nacieron bajo la sombra de estos doctrinarios: «El Sin Camisa», «El
Trabuco» y tantos otros que eran los preferidos de las masas y cuya acción
era tan eficaz que al comprenderlo, Antonio Leocadio Guzmán canceló su
Venezolano». Además
olvida Vallenilla otro medio de difusión en las luchas políticas, la propaganda
oral, que se difundió por todas partes del país. En el juicio que se le
siguió a Ezequiel Zamora se evidenció esto, ya que el propio Zamora en
su pulpería de Villa de Cura reunía a los labradores para informarles
de lo contenido en los periódicos. No hay que olvidar que la religión,
que ha tenido mayor influencia en los destinos de la humanidad, el cristianismo,
logró su auge gracias a la propaganda oral, y en «El Facundo», de Sarmiento,
se demuestra cómo las pulperías de las campañas constituyeron el centro
de reunión política y social de los proletarios del campo. A pesar de
negarle influencia ideológica determinante, Vallenilla le asigna su exacto
valor social: El
doctor Lisandro Alvarado, el
historiador de la guerra federal, considera que «la lucha fue en realidad
por la democracia, y la federación asunto de forma». El
movimiento insurreccional se inicia en Coro el 20 de febrero de 1859.
Lo comandan Tirso Salaverría y Jesús M. Hernández, quienes llaman a Ezequiel
Zamora para que se ponga al frente del movimiento. El Gobierno provisional
elegido señaló como principios programáticos los ya aprobados por la Junta
Patriótica y designa los cinco ciudadanos que debían formar el Gobierno
General de la Federación. Zamora
va a ser el alma del movimiento federal. De él traza la siguiente silueta
don Lisandro Alvarado: «Este
caudillo, comerciante en un principio, había nacido en Cúa el 1º de febrero
de 1817. Hizo parte de la conocida facción de Rangel, y anduvo insurrecto
con él en la provincia de Aragua. Muerto Rangel y hecho Zamora prisionero
en 1847, fue luego enjuiciado y sentenciado a muerte como conspirador
el mismo año. Pero la administración de Monagas le protegió lo mismo que
a Guzmán: conmutósele la pena en diez años de presidio cerrado, que no
llegó a cumplir, y recibió al contrario sus ascensos como servidor de
la causa. Vémosle así con el grado de comandante pelear en Quisiro a las
órdenes de M. Baca, en Villa de Zulia a las de Justo Briceño en 1848,
y en Casupo el año siguiente, donde fue batido por e1 coronel C. Mínchin.
Al triunfar la Revolución de Marzo, descontento con el
nuevo orden, fue expulsado y se refugió en la isla de Curazao. Una circunstancia
nos dirá si llevaba en su pecho el hervor de una venganza que, para ser
quien era, no podía lavar más que con sangre. Al concurrir con Falcón
a Caracas en 1858, por llamada de Castro,
tuvo que ir no sé por cuál motivo al cuartel del coronel Casas: apercibido
allí de su presencia, el comandante Jorge Michelena le cubre de insultos,
le da de bastonazos y le escupe el rostro. Zamora, ahogando su justa irritación,
se limpia con un pañuelo de seda rojo que llevaba en el bolsillo y juran
antes de partir un terrible desquite. "Zamora, dice un escritor,
personificaba el criterio del Partido Liberal en aquel tiempo. Tenía él
para la lucha armada todas las cualidades de un capitán y todas las energías
de un partidario... Duro con el partidario, implacable con el enemigo,
imponía disciplina al uno y terror al otro. Su palabra era breve y áspera,
su actitud amenazadora, sus órdenes imperiosas, sus planes vastos. La
piedad no hallaba abrigo en su alma, la sonrisa no plegaba jamás su boca,
eternamente contraída por la tensión de un espíritu en el cual no había
sino una pasión, pelear, y un deseo, triunfar. Sobre él había pesado una
sentencia de muerte por sus opiniones políticas, y más tarde había sido
ultrajado en su persona: tenía, pues, doble lazo con el partido liberal:
el de la proscripción y el del ultraje." Una requisitoria expedida
en 1847, le describe así: "Pelo rubio, pasudo y bastante poblado,
color blanco y algo catire, frente pequeña, ojos azules y unidos, nariz
larga perfilada, boca pequeña y algo sumida, labios delgados, barba roja
y escasa, estatura regular, cuerpo delgado, muy junto de muslos y piernas
manetas. Tiene las manos largas, descarnadas y cubiertas de un vello áspero:
los pies son también largos y flacos: es de un andar resuelto y tendrá
como treinta años de edad."» Zamora
se interna en los llanos donde se le van sumando centenares de hombres,
revelador del hondo sentido popular del movimiento federal. José Laurencio Silva, encargado de combatirlo,
fracasa. Lo mismo José Escolástico
Andrade, quien le sucede. Y los conservadores empiezan a darse cuenta
de lo serio de la guerra. Así el general Soublette escribe: «Hasta
ahora nuestras medidas han tenido un carácter de provisorias, que les
daba la persuasión de que la guerra era momentánea... Pero las operaciones
de Barinas nos han revelado una profunda y terrible verdad; que la guerra
es duradera... Las provincias de Portuguesa y Barinas en masa hacen hoy
causa común con Zamora y su facción, quien dueño de todo el territorio,
tiene en jaque al general Silva en Barinas... y a la menor ventaja que
adquiera lo tendremos sobre Barquisimeto y San Carlos.» En
Oriente el movimiento lo encabezan el general José Antonio Sotillo y sus
hijos y Julio C. Monagas y José Loreto Arismendi. La
insurrección federal quebrantó definitivamente el gobierno de Julián Castro.
A raíz de la invasión del general Juan Crisóstomo Falcón; Castro publica
un manifiesto a la Nación donde estampa: «El gobierno se ocupa actualmente
de los últimos acontecimientos con fe y lealtad. Si apareciera que la
federación que se proclama es el voto de la mayoría de la nación, el gobierno
le prestará su apoyo. NADIE SINO LA MAYORIA ES SOBERANA». Este lenguaje
no difería en nada del utilizado por Falcón. Los conservadores desde ese
momento le desconocieron a Castro legitimidad y los federales no creyeron
en su palabra. El mismo día de la proclama, el periodista conservador,
Juan Vicente González, escribía: «Adiós, general: el hierro va a sonar
en sus oídos en vez de mis débiles palabras. El cielo salve a la República
y a usted.» Un
movimiento militar lo depuso y llamó a la presidencia al designado Pedro Gual, quien posteriormente fue sustituido
por el vicepresidente Manuel Felipe
Tovar. Castro,
enjuiciado, fue encontrado culpable del delito de traición, pero el Gran
Jurado no le impuso pena alguna. Esta
primera etapa de la guerra federal fue decidida en dos batallas. La de
Santa Inés, donde triunfan los federales comandados por Zamora. Y la de Coplé, desaparecido Zamora, en el sitio
de San Carlos, ganada por el conservador León de Febres Cordero contra
Juan Crisóstomo Falcón. Los
revolucionarios orientales fueron dispersados. El triunfo de Coplé no significó la consolidación del régimen conservador. La anarquía hacía presa en sus filas. Manuel Felipe Tovar renuncia y se encarga del gobierno el doctor Pedro Gual. Su gobierno cede ante un movimiento militar que proclama la dictadura del general José Antonio Páez. |