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Sábado, 29 de Abril de 2017
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Leonardo De Vinci: Al servicio de Ludovico El Moro

   

En Milán transcurrió la madurez de Leonardo: esa etapa fue la más larga de su existencia y en ella se afirmó en toda su desconcertante variedad; es también aquella en la que podemos seguirlo paso a paso a través de los documentos.

La famosa carta del Códice Atlanticus, en la cual ofrece sus servicios a Ludovico el Moro, manifiesta por primera vez su universalidad. No debe verse en ese texto la conciencia de posibilidades excepcionales sino más bien una declaración de adecuación a un tipo humano frecuente en las cortes italianas, capaz, por la variedad de sus talentos, de servir a una política y de ilustrarla con el ejercicio de las artes. Al aplicar de manera operativo las especulaciones científicas a las artes plásticas, los artistas eran llevados, como hemos visto, a dominar una vasta cultura, en la que desempeñaba un gran papel, el conocimiento matemático. Agreguemos a esto el gusto particular por la mecánica y sus posibilidades, que se vinculaba, entre los príncipes ilustrados del siglo XV, con los juegos de la inteligencia. Este clima favoreció la aparición del tipo de ingeniero propio del Renacimiento: cortesano, docto, artista, ingeniero militar, arquitecto, organizador de fiestas y de distracciones, revelador de una compleja genialidad que por algún tiempo alimentó la ilusión de las inagotables posibilidades de la nueva magia tecnológica. La carta a Ludovico es una especie de resumen de fórmulas sobre el arte de la guerra que sería fácil explicar mediante los apuntes de los ingenieros militares predecesores de Leonardo: los de Taccola, que fue llamado el Arquímedes sienés; de Valturio, que estaba en Rímini al servicio de los Malatesta; y de Francesco di Giorgio, en la corte de Urbino desde 1477. Esa carta se compone de doce rubros, muy detallados, en los cuales Leonardo se presenta como ingeniero militar capaz de construir un infinito número de máquinas para el ataque y la defensa. En la décima proposición agrega: "En tiempo de paz, creo poder realizar tan bien como cualquier otro, trabajos de arquitectura, construcción de edificios públicos y privados y la conducción de aguas de un lugar a otro". Sólo al final cita sus cualidades de pintor y de escultor, y propone al duque, "También podré realizar el caballo de bronce que dará gloria inmortal y eterno honor a la feliz memoria del Señor vuestro padre y a la ilustre casa Sforza".

He aquí detallado el programa completo de las actividades de Leonardo en Milán, y sólo para complacer al belicoso Ludovico otorga el lugar principal al arte de la guerra.

Ludovico el Moro acogió favorablemente las propuestas de Leonardo, quien se trasladó a Milán hacia 1482, quizás con una misión que le encargó Lorenzo el Magnífico. Tenía apenas treinta años y lo acompañaban Atalante Miglioretti, músico y ayudante en los trabajos edilicios, y Zoroastro de Peretola, pintor, orífice y encargado de moler los colores. En el Archivo del Estado de Milán se encuentra todavía la lista de los ingenieros del duque, en la cual figura también el nombre de Leonardo. Sin embargo, la primera prueba de este título suyo data del 20 de junio de 1490, cuando se trasladó a Pavía con Donato Bramante y Francesco di Giorgio Martini. En este documento oficial, Leonardo recibe con Bramante el título de ingeniero Ducal, nombramiento que supone en primer término las funciones de ingeniero y arquitecto.

Numerosos dibujos de Leonardo testimonian su interés por el arte militar. No sabemos cómo utilizó Ludovico su talento, pero los, diversos compromisos que Leonardo asumió luego con los venecianos y con César Borgia nos confirman su fama en este campo. Los problemas principales que correspondían a los ingenieros militares eran dos: el armamento y la fortificación -además de todo género de invenciones tácticas. El del armamento, sin duda, es el campo en el cual Leonardo hizo el menor número de aportes nuevos. Sus Cuadernos se limitan a proponer los materiales utilizados o inventados por sus colegas. Copia y anota la obra Sobre la cuestión militar de Valturius, publicado en 1472. Las máquinas de guerra ingeniosas o fantásticas que dibuja son los de sus predecesores: Taccola o, más cercano a él, Francesco di Giorgio. Los carros de asalto por los cuales se lo ha exaltado tanto, esos carruajes "automóviles", esa complicada artillería, las máquinas para el escalamiento de muros y las naves guarnecidas de espolones provienen todos, de una antigua reserva de máquinas de guerra que se remonta en parte hasta la Baja Antigüedad. Conservados por una tradición ininterrumpida, o retomados y puestos nuevamente en boga en el siglo XV, en medio del clima de redescubrimiento literario de la Antigüedad, los diseños de los Cuadernos de los ingenieros repiten los trabajos de las escuelas helenísticas de mecánicos e ingenieros militares, basados a su vez en las invenciones de Arquímedes, cuya personalidad fascinaba a Leonardo. Los proyectos de los ingenieros del Renacimiento son más un fruto de la fantasía mecánica que de las necesidades prácticas de la guerra, y responden al gusto por las máquinas fantásticas y por las peculiaridades ilusorias de la mecánica que tanto gustaban en los ambientes cortesanos italianos. Era un gusto que se nutría también de temas literatos y, en este sentido, hallaba satisfacción en los escenarios vistosos de las fiestas y los cortejos. Leonardo era un maestro en todo eso, y no fue éste uno de los aspectos menores de su trabajo en la corte milanesa. La única contribución sustancial de Leonardo a las técnicas de armamentos podría ser la exposición de los procedimientos de fundición que aparecen en algunas páginas de los Cuadernos. Era ésta una especialidad en la que confluían las funciones del artista y del ingeniero. En el taller del Verrocchio, Leonardo había practicado la escultura; el proyecto de estatua ecuestre fue el motivo de su viaje a Milán. Sin embargo, no es probable que haya logrado innovaciones radicales en la técnica de la fundición. Las indicaciones que dejó en sus notas son breves y fragmentarias, y en modo alguno constituyen la base de un tratado sobre la fundición. Nada exacto sabemos sobre los trabajos de Leonardo en lo relativo a las fortificaciones, pero es seguro que fueron más bien reparaciones y modificaciones que nuevas construcciones. Los esbozos presentan una evolución que va desde el Cuaderno B, fechable posiblemente en los comienzos de su primera permanencia en Milán, hasta el Cuaderno L, en el cual figuran todas las notas tomadas en el curso del, viaje de inspección efectuado por encargo de César Borgia y hecho alrededor de veinte años más tarde. Estos dibujos, que se asemejan a los de Francesco di Giorgio y, más tarde, a la técnica de San Callo, no son particularmente originales. En Leonardo, como en todos sus contemporáneos, se observa la tendencia general a reducir el muro y las pendientes, junto a la adopción de formas de bastiones adaptadas a las evoluciones de la artillería.

Las notas de Leonardo sólo nos dan informaciones inciertas sobre su actividad de arquitecto. En la corte de Ludovico probablemente desempeñó funciones de consejero más que de realizador; tenía a su cargo, además de investigaciones técnicas, las canalizaciones o irrigaciones, la vigilancia de las construcciones y restauraciones y la inspección de fortalezas y edificios públicos. Se lo puede considerar como un importante comisionado, activo e influyente, agregado a una superintendencia de los monumentos. Con este carácter trabajó tal vez junto con Bramante en los numerosos talleres abiertos en el Milanesado bajo el gobierno de Ludovico. Es casi seguro que contribuyó a la construcción del Castillo de Milán y de sus murallas, como también en la construcción de la residencia veraniega de los Sforza, cerca de Vigevano. Por último, es verosímil que participara en el embellecimiento de esta ciudad, donde había nacido el Moro. Cinco años después de su llegada a Milán, y de 1487 a 1490, se dedicó a estudios arquitectónicos y técnicos sobre un tema controvertido: la cúpula del Duomo. Fue entonces cuando el Duque y el Consejo encargado de la construcción de la catedral pidieron a los sieneses que enviaran a Francesco di Giorgio Martini para que conversara con Leonardo y Bramante. El proyecto del sienés predominó; pero es lícito pensar que las soluciones propuestas por Leonardo para sostener la masa de la cúpula tuvieron influencia sobre el proyecto definitivo. Ludovico hizo consultar la opinión de Giorgio también con respecto a los trabajos de restauración del Duomo de Pavía; el artista se trasladó a la antigua ciudad universitaria en compañía de Leonardo. Al parecer, para esté proyecto se prefirieron las propuestas de Bramante; pero observemos también que en el manuscrito B figura un proyecto de Leonardo muy semejante a la solución adoptada definitivamente.

Los documentos de los años 1491 y 1492 prueban los frecuentes desplazamientos del artista: recorre la Lombardía en todas direcciones, realiza inspecciones, controla monumentos e instalaciones hidráulicas. En como, estudia la arquitectura del Duomo y se interesa por el canal de la Martesana; llega a las orillas del Ticino en calidad de magistrado de las aguas. No obstante esto mantiene el papel de artista de la corte y se lo encuentra, de tanto en tanto, en el Castillo de Milán, en la Sforzesca de Vigevano y en Pavía.

Se ocupa en particular de la gran Sala delle Asse, en la planta baja de una torre de la ciudadela de Milán, donde despliega con fascinante virtuosismo toda una decoración de nudos y hojas.

Cuando en agosto de 1499 los franceses invaden Lombardía, Leonardo está en plena labor, en el viejo palacio de los Sforza, donde tiene su estudio y su laboratorio.

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