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Lunes, 27 de Marzo de 2017
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Leonardo De Vinci: Formación Intelectual

   

LA FORMACIÓN INTELECTUAL DE LEONARDO

"Sé bien que por no ser yo literato, algún presuntuoso creerá poder censurarme con razón alegando que no soy hombre de letras. ¡Gente estúpida! Dirán que por no ser literato, no podré expresar bien aquello que quiero tratar." Este pasaje tan frecuentemente citado del Códice Atlanticus muestra que Leonardo se sentía en polémica con la cultura de su tiempo. No asistió a cursos de estudios superiores; pero si bien no concurrió a las escuelas y se fundaba en la experiencia más que en el respeto a las autoridades, no debe creerse por ello que desdeñó las especulaciones teóricas de sus contemporáneos. Como se ha observado, "combatió la autoridad opuesta a la experiencia, la cultura encendida como aceptación pasiva, el saber que no es invención sino sólo conservación". En realidad, lo vemos muy preocupado por procurarse libros y hacerse explicar los pasajes oscuros. La escuela del ábaco de su país no le había enseñado el latín, del cual quizás aprendió algunos rudimentos con su padre notario. En diversos momentos se dedicó a completar su escaso conocimiento de esta lengua de cultura: en 1492 y 1497 copió pasajes de la Gramática Elemental de Perotti (Roma, 1474); además, anotó los términos doctos que encontró en la obra Sobre la cuestión militar de Valturius. Como sugiere André Chastel, se aplicó, "siguiendo los consejos de Landino, el amigo de Ficino y de Poliziano ... a traducir del latín al toscano los términos necesarios para el enriquecimiento de la lengua". Lo eruditos han investigado e identificado estas dos fuentes y han hallado que los Cuadernos de Leonardo están llenos de formas vernáculas de la época; se encuentran en sus escritos reminiscencias de Dante y de Petrarca, pero también giros y temas tomados de autores menos ricos y escritores cortesanos. Copió para su uso largos pasajes de recopilaciones como la Acerba y La flor de la virtud, que contenía una zoología fantástica, cargada de significados moralizantes del más puro sello medieval, y a los que incluso unió con pasajes de la Historia Natural de Plinio, traducida al italiano por Landino y publicada en Venecia en 1476. También Diógenes Laercio le suministró dichos célebres y anécdotas (la recopilación de las Vidas fue traducida libremente en 1480, aunque Laercio ya se encuentra citado ampliamente en una enorme cantidad de textos de toda la Edad Media). Leonardo no podía dejar de impregnarse, aunque fuera por vías no ortodoxas, de la cultura tan rica de la Florencia de la segunda mitad del siglo XV; su extraordinaria capacidad de observador de la naturaleza física no hará más que "adornar, animar, profundizar y confirmar ciertas grandes formas de visión, ciertas nociones sintéticas suministradas por el pensamiento contemporánea". Al mismo tiempo, su cultura de artista se nutrió con avidez en. las fuentes de la época. Las múltiples investigaciones de Leonardo deben interpretarse ante todo como el desarrollo agudo e intenso de preocupaciones presentes en los estudios florentinos desde el tiempo de Brunelleschi. Hacia el año 1450, en el momento del nacimiento de Leonardo, Ghiberti redactaba su testamento, los Comentarios: éstos comienzan con la conocida afirmación de que el artista debe poseer el conocimiento de todas las "artes liberales". Ghiberti enumera en abstracto aquello que constituirá el programa concreto de Leonardo. Era una regla de oro extraída de Vitruvio, que en el comienzo de su tratado -descubierto hace poco- exigía que el arquitecto fuera un maestro de todas las ramas de la enciclopedia del saber. En esta actitud se confundían dos datos: la lista de los conocimientos generales indispensables para el técnico y la prioridad de una disciplina sobre las otras. Se destaca la utilidad de estar al corriente de lo que se realiza en las ciencias, pero también el hecho de que sólo el artista es capaz de aprovecharlas todas en beneficio del hombre. Esta cualidad de definido representante de la cultura, Cícerón la atribuía al orador, Vitruvio al arquitecto y Ghiberti al artista del dibujo, al pintor y al escultor.

Alberti -muerto en Florencia en 1472, cuando Leonardo tenía veinte años- que retomó esa idea con igual firmeza, pero con mayor finura insistió en la necesidad de adaptar a la función del arte todos los conocimientos ... en su obra Sobre la construcción (hacia 1460-70), insistió en la necesidad de ser ante todo maestro en el dibujo y en la matemática: "Por lo demás, poco importa que sea docto o no, y no presto atención alguna a quien pretende que el arquitecto debe ser doctor en leyes. Poco me preocupa que sea un buen astrónomo ..."

En resumen, bastan los conocimientos medios en las diversas ramas del saber; el artista no necesita ser un especialista, excepto naturalmente en el dibujo y la geometría.

Con su impaciencia y su genial curiosidad, Leonardo romperá ese equilibrio: desde 1480, y más netamente hacía 1492, impone el principio de la universalidad; se dedica a la astronomía, a la cosmología, como especialista, con la ambición de rehacer y reconstruir poco a poco toda la enciclopedia del saber para su propio uso. Si se hiciese, desde un punto de vista cronológico, el estudio del artista que se convierte en filósofo, sería posible reconstruir etapa tras etapa la bella y dramática historia de sus fatigas, la alternancia de las investigaciones matemáticas y biológicas, el retorno a los temas antiguos y sus intentos de exposición que enfrentan el problema del lenguaje científico. Leonardo piensa en tratados sistemáticos, anota los títulos en sus cuadernos, prepara para introducciones polémicas, puesto que se considera obligado a volver a crear una perspectiva, una botánica, una anatomía humana y animal, una geología, etc. No se fía de los numerosos manuales utilizados y publicados en su tiempo, pero los busca con pasión y se sirve de ellos. Su mecánica, se trate de teoremas o esbozos, es toda una mezcla de citas. En el manuscrito F (1508-1509) anota que deberá tratarse del cosmos y de los astros "según los autores". Pero en muchos casos, y sobre todo en los dos campos que le son más gratos: el estudio del agua y el de la luz, halla que nunca se ha dicho lo que era necesario decir. Y esta impresión se precisa en él a medida que recoge un número cada vez mayor de observaciones particulares y que la síntesis se hace cada vez más improbable. De aquí, el pasaje destinado al prefacio de la óptica, donde se rechazan las vanas elucubraciones de los antiguos sobre objetos indemostrables, como el alma, y se apela a las infinitas posibilidades de la experiencia en campos menos abstractos. Y agrega: "y dejo el resto de la definición del alma al juicio de los frates, padres de los pueblos, los cuales saben por inspiración todo los secretos", observación que revela claramente su fundamental incredulidad en materia religiosa.

El pensamiento -llamado científico- de Leonardo, tiene pues, una historia: comienza en el momento en que afirma, después de Brunelleschi y Alberti, que la matemática es la clave del saber, pero la desarrolla en ámbitos empíricos de imposible sistematización; encuentra su límite en la cualidad "que es la belleza de las obras de la naturaleza y el ornamento del mundo, y va acompañada finalmente con una reflexión cada vez más inquieta y acuciante sobre las ilusiones del espíritu humano. Lo que atrae, asombra y fascina de tanto en tanto a Leonardo es la interna debilidad de los conocimientos humanos, el espejismo de la superstición, las aberraciones de la estupidez, la fatiga que siempre está a la espera mientras el intelecto está en acción ... Estas preocupaciones dejan intacto el ideal artístico, o mejor dicho lo agudizan. Es un error bastante común decir que Leonardo se ha dejado apartar poco a poco de la pintura por causa de sus intereses culturales. La anatomía, la botánica, la astronomía, etc., fueron siempre para él previas, las primeras etapas hacía el Parnaso de la obra de arte, que abarca simultáneamente lo real, lo imposible y lo imaginario...."

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