Efemérides Venezolanas
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Sábado, 29 de Abril de 2017
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Leonardo De Vinci: La Mona Lisa

   

La única obra conservada de este período, que se puede atribuir con certeza al Maestro, es el famosísimo retrato de la Mona Lisa. Él mismo había vislumbrado en un pasaje del Tratado el retrato ideal: "Todos los sentidos, junto con la vista, la querrían poseer, y quisieran disputársela con la vista. Pareciera que la boca se la quisiese incorporar como cuerpo, el oído se complaciese en oír sus bellezas, el sentido del tacto quisiera penetrar en todos sus poros y hasta la nariz querría recibir el aire que de ella expira constantemente."

Se puede amar a la Gioconda más allá de toda superstición. Pero, ¿qué sería su gloria sin los elogios de Vasari, repetidos como una antífona por sus partidarios? El cuadro y su fama literaria se apoyan mutuamente como dos lemas; ambos concurren a establecer la verdad reconocida de la existencia de una Gioconda, existencia aproximada que fluctúa entre la nada real de las obras de Apeles y la leyenda de una perfección perdida. No hay peor ni más restrictivo artificio de la iridiscencia "cultural" que el que rodea a este famoso cuadro. De hecho, es imposible para los amantes comunes de la pintura ver con ojos neutros e imaginar fríamente lo que pudo ser el retrato de Mona Lisa antes de que se deteriorase. Pero lo que queda da testimonio del arte prodigioso del Maestro y de sus intenciones. Remitiéndonos a los esfuerzos de los copistas, podemos comprender hasta qué punto los ejes del rostro, el busto y las manos están calculados para imprimir sin esfuerzo la sensación de movimiento continuo de la figura.

La pintura está tan impregnada del demonio de Leonardo que nos hace olvidar que es también el retrato, si se da fe a Vasari, de una florentina de veintiséis años, cuyo trato debió inspirar a Leonardo una secreta afinidad con su universo personal. ¿Cómo explicar de otro modo el hecho de que declinó tantos encargos principescos para pintar durante tres años a la mujer de un simple burgués florentino?

Veamos rápidamente cuáles son las afinidades de la Gioconda con la obra de Leonardo y cómo ella constituye, de algún modo, su culminación. Es contemporánea de la Santa Ana, y como ésta, define el universo de la creación vinciana a través de tres módulos esenciales: el claroscuro, la sonrisa y el paisaje.

"Todo lo que constituye el valor de la vida humana conduce al sentimiento de su precariedad, pero sobre todo de su originaria ambigüedad. Este sentimiento de la ambigua posición del hombre entre lo horrible y lo exquisito, entre lo cierto y lo ilusorio se acentuó en Leonardo con los años. En su obra pictórica se observa el desarrollo paralelo del claroscuro ... Es probable que los retoques y los barnices hayan acentuado el tinte de ámbar oscuro de los cuadros conservados, ocultando los primeros efectos originales de 'esfumado' de Leonardo. La observación de Vasari sobre los tonos claros del retrato de Mona Lisa es desconcertante, pero ellos constituyen justamente los contrastes indicados entre claroscuros que Leonardo precisa en sus teorías: "La sombra deriva de dos cosas diferentes entre sí, pues una es corpórea y la otra espiritual; corpóreo es el cuerpo umbroso, espiritual es la luz, pero luz y cuerpo son causa de la sombra."

Evidentemente, el esfumado es ante todo una solución técnica. Funde los contornos y la masa plástica en una realidad nueva, donde el color pierde su autonomía y le confiere una cualidad suave y continua. El retrato de Mona Lisa basta para demostrar hasta qué sorprendente grado de delicadeza llega el diseño. La pintura es la encarnación poética de un mundo crepuscular y velado ... La verdadera belleza está ligada, pues, al claroscuro ... y consiste finalmente en la relación íntima entre la luz y la sombra. Cuando quiera fundir en un símbolo completo la ambigüedad y la expectativa humanas, Leonardo asociará a la penumbra la sonrisa incierta y el dedo dirigido hacia las tinieblas" (A.C.). "Es difícil comprender de otro modo que como signo supremo del alma misma, es decir, como su sello, el motivo de la sonrisa tal como lo ha ilustrado Leonardo. Los escultores de la generación precedente lo impusieron al arte florentino ... La insistencia en este rasgo preciso forma parte de una poética original y está unida a un estilo ... Pero la sonrisa adquiere en Leonardo otro valor: es el símbolo de la realidad psíquica y la manifestación de una sensibilidad replegada sobre sí misma. Pero profundiza este segundo aspecto mediante un análisis minuciosa del juego de los músculos y de los ojos en el momento en que sus movimientos se esbozan apenas, y no cuando el rostro está dilatado en una alegría o una serenidad explícitas. La sonrisa es al mismo tiempo un accidente del organismo y un dato simbólico. La calidad expresiva es tan insistente, y la incertidumbre del efecto tan acusada, cuanto es posible lograrlo, de suerte que la radiación queda suspendida para ser sustituida por una impresión confusa de vacilación y espera. Justamente en la Gioconda el juego de las expresiones contrarias llega, gracias al sutil desarrollo tonal, al punto de ambigüedad deseado por Leonardo. Induce y hace inútiles de antemano los innumerables comentarios literarios de que ha sido objeto esta insidiosa obra maestra. No es más que la adaptación profana de un efecto calculado que obtuvo con mayor profundidad en el cartón de Santa Ana" (A. C.).

Es necesario relacionar los paisajes de la Mona Lisa y la Santa Ana con los estudios científicos que realizó Leonardo en esos mismos años sobre hidráulica, problemas del suelo y cosmología. En el Códice Leicester, redactado hacia 1504-1506 y en el que desarrolla la extraordinaria "fenomenología" del agua, resucita la analogía clásica entre el mundo y el microcosmo humano: "podemos decir, que la tierra tiene un alma vegetativa, cuya carne es la tierra misma ... Sus huesos son los órdenes de las ligazones y las piedras. . ."

"Esta visión orgánica del universo implica una verdadera interiorización del paisaje. Las lejanías teñidas del verde y el azul de la atmósfera, los picos, los valles, las pendientes, todos estos aspectos de un mundo surgido de la erosión y formado por la actividad sorda de una vida incesante adquieren un poder inmediato sobre el organismo del hombre que está en relación con esas metamorfosis" (A. C.).

Así, el círculo de las colinas que corona la sonrisa de la Gioconda participa de la misma esencia que la figura que prolonga. El paisaje, como el ser humano, forma parte integrante de un mismo universo cósmico. Esos laberintos rocosos no tienen nada de "decorativo": son realmente "los huesos de la tierra". Su morfología es la resultante de algún sismo lejano, y la síntesis -puesta en evidencia en la pintura- de aquellas meditaciones geológicas a las que Leonardo retorna con predilección en los Cuadernos.

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