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Sábado, 19 de Agosto de 2017
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Winston Leonard Spencer Churchill: El Historiador

   

En sus memorias, Churchill ha afirmado repetidamente que fueron pocos los días de su vida en los que estuvo inactivo o aburrido. Su naturaleza exuberante y vital, en efecto, no sólo lo llevaba a dedicarse con toda intensidad a cualquier cargo político o militar que se le confiara, sino que también le permitía llenar con plena satisfacción los ocios voluntarios que le imponían las vicisitudes de la vida política. Pero sería inútil detenerse en los hobbies de Churchill, sobre los cuales han circulado tantos relatos de los periodistas que se ocuparon de él, porque la equitación, la albañilería, la caza y la jardinería, son más ingredientes de su fama de hombre público que componentes importantes de su personalidad. Tampoco la pintura, que comenzó a practicar a edad bastante avanzada -después de los cuarenta años, cuando el fracaso de los Dardanelos provocó su alejamiento del Almirantazgo-, agrega mucho al retrato vivido del hombre político. Es difícil decir en qué medida esa imitación de los impresionistas, llena de fuertes motivos luminosos, que persiguió constantemente, fue la elección consciente de un estilo o el resultado, más que de un gusto personal, de frecuentar los países mediterráneos o exóticos que elegía para pasar sus vacaciones.

En cambio, no puede decirse lo mismo de su actividad de historiador. Puede afirmarse que Churchill tendió incesantemente a esta actividad, en todos los momentos que le dejaba libre su intensa participación en la vida política. En 1908 publicó una biografía apologética de su padre, Randolph Churchill; en la década de 1920, una gran obra en cuatro volúmenes sobre la primera guerra mundial La crisis mundial; en la década de 1930, una imponente biografía, siempre en cuatro volúmenes, de su gran antepasado John Churchill (Marlborough. Su vida y su época). La segunda guerra mundial fue el tema de su obra más vasta y también más famosa, mientras que en la posguerra terminó la historia de los pueblos de lengua inglesa, que ya había comenzado antes de iniciarse el segundo conflicto mundial. Pero es necesario aclarar la importancia y el interés que presentan estas obras de Churchill. Sería profundamente erróneo conferirles un carácter científico que el autor nunca pensó en atribuirles.

"En esta obra he tratado de seguir el método utilizado por De Foe en sus Memorias de un caballero, donde la exposición de los hechos y las discusiones sobre los grandes sucesos militares y políticos se confían a la experiencia personal de un individual", escribió en el prefacio de su obra sobre la segunda guerra mundial. Y casi como para reiterar la esencia de este método, más allá de las obras impregnadas del recuerdo de su participación directa en los sucesos narrados, Churchill definió también, su historia de los pueblos de habla inglesa como una "interpretación personal del proceso histórico", ofrecida por "quien no carece de cierta experiencia de los hechos históricos borrascosos de nuestra época". Por ello, para Chuchill, la narración histórica se basa sobre todo, en la experiencia de las cosas vividas; es la historiografía de un político que se expresa integralmente también a propósito de los sucesos del pasado, no sólo para buscar una guía o una aclaración sobre la forma de orientarse en el presente, sino también para expresar sus pasiones y pensamientos sobre los hombres y cosas de la historia. En otras palabras, en el Churchill historiador es necesario buscar siempre, a veces con signos explícitos, a veces al trasluz, al Churchill político, a lo que fue y a lo que quiso ser, o más bien, a lo que habría querido ser. Nos limitaremos a dos únicos ejemplos resumidos. En la biografía del duque de Marlborough, escrita entre el advenimiento de Hitler al poder y la manifestación -sin hallar resistencias- de sus primeros actos agresivos, Churchill esbozó los lineamientos de la política británica de equilibrio, perfilando en cierta medida, en el protagonista, su propio destino de los años futuros, y en el "Rey Sol" en busca de la hegemonía europea, al Hitler que iba a combatir con tanta decisión. En la historia de los pueblos de habla inglesa, concebida en gran parte en los años de la "guerra fría", delineó las premisas históricas de un ordenamiento político internacional que debía dar a Inglaterra y a Estados Unidos la conducción del mundo surgido de la segunda guerra mundial.

Político del siglo XX que ha escrito a menudo sobre historia del 1900, Churchill es, sin embargo, un historiador no asimilable a ninguna orientación historiográfica de nuestro tiempo. Un historiador de la sociedad inglesa como G. M. Trevelyan, considerado hoy arcaizante y "literario", de cualquier modo es, por sus intereses económicos y sociales, mucho más "moderno" que Churchill. También es totalmente extraña a sus tendencias aquella historiografía tory que en los últimos decenios, renovó notablemente el conocimiento de la historia constitucional y parlamentaria inglesa. Un historiador de la estatura de L. B. Namier hubiera podido retomar, a propósito de la historia contemporánea y de los orígenes de la segunda guerra mundial, tesis que fueron sostenidas vigorosamente por la política militante de Churchill. Sin embargo, la desmitificación, perseguida por este gran historiador conservador, de los mitos y leyendas whigs sobre la historia inglesa destruyó demasiados lugares comunes de la historia tradicional -y hasta diríamos que, en ciertos aspectos, fue demasiado influida, aunque indirectamente, por el marxismo, para hallar oídos y resonancia en las obras históricas de Churchill.

Los maestros y los antecedentes de Churchill como historiador deben buscarse bastante más lejos en el tiempo. Deben rastrearse en Gibbon, por ese deleite por las consideraciones de gran aliento sobre la suerte de los pueblos, los estados y los imperios, sobre la moralidad y las eventualidades que rigen sus destinos; en Macaulay, aunque Churchill haya sostenido una vigorosa polémica con el historiador liberal inglés del ochocientos a propósito del juicio sobre el duque de Marlborough, por la propensión al fresco histórico colorido y de tintes vivaces; en Ranke, por el sentido del retrato histórico de fondo, casi separado del contexto de los acontecimientos históricos generales; e incluso más allá, por el conocimiento directo o indirecto, de los historiadores políticos del Renacimiento Italiano en esa trama de "virtud" y "fortuna" que señala los puntos más altos -dedicados a las grandes conmociones- de su narración histórica.

Churchill siempre proclamó que no quería competir con los historiadores profesionales, aunque se haya hecho ayudar, como es costumbre entre los políticos, por algunos de ellos, como el profesor Deakin, en la compilación de sus obras históricas, para la reunión y el primer ordenamiento de los documentos. No busquemos pues, en sus libros, la narración compacta, basada en la crítica sistemática de las fuentes. En cambio, frecuentemente encontraremos fragmentos grandiosos, sentencias apodícticas, razonamientos moralizantes, retratos de efecto intercalados con extensas citas de textos. En este sentido, la biografía del duque de Marlborough y las dos obras sobre historia de las dos guerras mundiales tienen algo análogo, ya que la apología del propio antepasado no es menos explícita que la defensa de su propia labor como Lord del Almirantazgo o primer ministro. Una técnica algo diferente tiene su última obra, aquella sobre la historia de los pueblos de lengua inglesa, pero aquí también, la idea conductora de la afirmación de una constitución basada en los valores liberales constituye una trama de sólido relato no menos importante que el esbozo biográfico. Por lo demás, el esquema de las obras históricas de Churchill es igual en todas: se apoya en la convicción de que las fronteras, las razas, el patriotismo y las guerras constituyen las verdades últimas y fundamentales de la historia del género humano, frente a las cuales hallan su ubicación y su medida los individuos y las sociedades, los estados y los gobiernos. No deben engañar las frecuentes referencias a los criterios del "buen gobierno". Estos, en, el fondo, siempre permanecen subordinados a los resultados obtenidos en el plano del poder. Por eso, Churchill no es un historiador de "sociedades", ni siquiera de "culturas". La misma constitución inglesa es importante para él sobre todo porque aseguró el fundamento y la vida de un gran imperio. Lo demuestran, entre otras cosas, los rápidos esbozos de historia de las sociedades y de las culturas que aparecen de tanto en tanto en sus obras. En ellos, lo decisivo en el fondo es el criterio de la fuerza, el parangón y el contraste con sociedades y culturas diferentes y opuestas.

Churchill es básicamente un historiador de la actividad política, un historiador de Estado como expresión de fuerza, de potencia. La ley por la cual se miden los Estados es la de su capacidad para alcanzar su objetivo y, por ende, y en primer lugar, para tomar conciencia de su función. Y de esta función de los Estados son expresión y medio las grandes personalidades, las individualidades fuertes concebidas como protagonistas de la historia. Cuando Churchill esboza el retrato de estos personajes, sus historias alcanzan mayor dramaticidad. Al describir el perfil, Churchill se sumerge en una confrontación directa que a menudo acaba por trascender sus mismas convicciones políticas, para convertirse en un elemento autónomo de valoración y de interpretación. De ahí que pueda resultar un retrato limitado de Cromwell o una revaloración parcial de Jacobo I; pero también pueda surgir un perfil de Lenin que, como el Mefistófeles de Goethe, es der Geist der stets verneint (el espíritu que siempre niega), y constituye probaba el retrato más dramático que haya hecho un político conservador del protagonista de la Revolución de Octubre: "Lenin era con respecto a Carlos Marx lo que Omar era con respecto a Mahoma. Traducía las teorías en actos; estudiaba los métodos prácticos para aplicar a su época las teorías marxistas. Él elaboró el plan comunista de campaña; emitió las órdenes, estableció los lemas, dio la señal y dirigió el ataque....

Lenin era también la Venganza... su mente era un instrumento formidable; cuando comenzó a actuar, le reveló todo el mundo, con su historia, sus. dolores, mezquindades, simulaciones y, sobre todo, sus injusticias. Iluminó todos los hechos desde su punto de vista, el más desagradable y el más excitante. Su inteligencia era notable y en algunos momentos magnífica: capaz de una comprensión universal, hasta un punto raramente alcanzado por los hombres. La ejecución de un hermano mayor hizo desviar esta gran luz blanca a través de un prisma: y el prisma fue rojo.

"Pero una fuerza de voluntad no menos excepcional utilizaba y guiaba la mente de Lenin. Su cuerpo, tosco, cuadrado y vigoroso, no obstante las enfermedades, era apto para albergar hasta la edad madura esas fuerzas actuantes e incandescentes.

Antes de que estas se consumiesen, alcanzó su objetivo, y un millar de años no bastarán para que se lo olvide. Lenin fue el Gran Renegado: renegaba de todo, negaba de Dios, del rey, de la patria, la moral, los tratados, las deudas, las rentas, los intereses, las leyes y las costumbres seculares, de todo contrato escrito o implícito, de toda la estructura actual de la sociedad humana. Al final, renegó de sí mismo; renunció al sistema comunista; confesó su fracaso en una esfera importantísima. Proclamó la nueva política económica y reconoció el comercio privado; renegó justamente de aquello por lo cual había matado a tanta gente, que no le había creído. Y de aquí, una vez más, a la insurrección de la humanidad. Quizá, en esta ocasión, se alcance mejor el objetivo, y se pueda hacer morir a los que está equivocados, no a los que tienen razón."

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