Efemérides Venezolanas
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Viernes, 23 de Junio de 2017
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Winston Leonard Spencer Churchill: La Primera Guerra Mundial

   

No fueron muchos los políticos europeos de su época para quienes la guerra resultó no solamente tan poco inesperada, sino también tan clara en sus características principales. Por el contrario, Churchill fue uno de aquellos que más contribuyeron a que Gran Bretaña estuviera preparada al comenzar el conflicto. Después de la crisis de Agadir, cuando Guillermo II envió a ese lugar al crucero Panther para apoyar las pretensiones alemanas sobre Marruecos, la preparación de Inglaterra para la guerra se convirtió en el pensamiento dominante de Churchill. En octubre de 1911, Asquith lo trasladó de los asuntos del interior a la marina y, como Primer Lord del Almirantazgo, Churchill abordó con gran ímpetu la tarea que se le había confiado de "poner a la flota en estado de inmediata y constante preparación para la guerra en caso de un ataque por parte de Alemania".

Superando tenaces antagonismos, en los niveles superiores de la marina británica, creó un Estado Mayor de la marina con el fin de modernizar y dar mayor eficiencia al arma en la cual se basaba la fuerza militar, de Gran Bretaña, y asegurar además su coordinación con el ejército. Inició una estrecha colaboración con Fisher, que fue Primer Lord del Mar entre 1904 y 1910, y aseguró la promoción a los grados máximos de dirección de la flota, a John Jelli-coe, el almirante de la batalla de Jutlandia. Demostrando esa: gran pasión -que lo distinguirá siempre- por todas las innovaciones técnicas y por su aplicación a la guerra, sustituyó el vapor por la nafta para la impulsión de 1as naves e hizo firmar por el gobierno un acuerdo con la Anglo-Persian-Oil-Company por el cual ésta reservaba a la marina de guerra británica la exclusividad de la producción de petróleo en tiempo de guerra.

Cuando los balazos de Sarajevo y luego el ultimátum austriaco a Servia provocaron la reacción en cadena de los pactos políticos y militares que unían y dividían a las grandes potencias europeas, Churchill, junto con el ministro del Exterior Grey, presionó, en el gabinete de Asquith, al ala menos inclinada a los compromisos y más favorable a renunciar a la alianza con Francia. El mismo Churchill definió su actitud en las semanas anteriores al 3 de agoto de 1914 como "muy belicosa". Se puede agregar sin rodeos que, en lo concerniente a su autoridad de Primer Lord del Almirantazgo, hizo todo lo posible por poner al gobierno inglés frente al hecho consumado de la movilización general de la marina; por iniciativa suya, el 28 de julio la flota se dirigió a sus bases de guerra y el 2 de agosto se dio la orden de movilización general. El resultado de toda esta actividad fue que la flota inglesa se halló preparada para el comienzo de las hostilidades y Alemania no pudo utilizar en el mar el factor sorpresa del que se había beneficiado ampliamente en las operaciones terrestres. Sin embargo, pese a todo lo que anticipó y preparó para esta prueba, y de que previó en muchos aspectos algunas de sus características fundamentales, la primera guerra mundial no fue la guerra de Churchill.

El hecho es que Churchill en el curso de la primera guerra mundial, no tuvo ocasiones o poderes suficientes para dirigirla de modo adecuado a las características que consideraba como las esenciales de la guerra moderna y en relación con las necesidades y posibilidades estratégicas del Imperio inglés. Churchill pensaba que la entrada de Gran Bretaña habría debido operar como un imponente catalizador de fuerzas, capaz de concentrar de inmediato en el plano político y militar, contra la colisión de los imperios centrales, la gran superioridad que tenía todavía Inglaterra como potencia naval, industrial y política. La consecuencia de esta concepción de la guerra no era solamente la necesidad de destruir la amenaza de la flota alemana. Significaba también arrancar de las manos de los imperios centrales, en particular de Alemania, la iniciativa militar, enfrentando activamente la ofensiva de los mismos en los frentes terrestres, occidental y oriental, y aplicando una estrategia que sellara la colaboración entre los aliados occidentales y Rusia, e indujera a las potencias medias y pequeñas -todavía neutrales- a alinearse junto a la Triple Entente.

Pero la primera guerra mundial no presentó ninguna de las características que anhelaba Churchill. Si bien la fuerza naval de Gran Bretaña tuvo una influencia decisiva sobre el conflicto, al bloquear el continente e impedir la llegada de suministros a Alemania, la Home Fleet** no logró nunca el objetivo de destruir la armada creada por von Tirpitz. La guerra se estabilizó en los frentes terrestres y se perfiló como una guerra de desgaste. Solamente a la larga la fuerza de Inglaterra pudo desempeñar un papel determinante.

Churchill trató de todas maneras de sustraerse a este destino. Concibió los proyectos bélicos más fantasiosos, pero ninguno de ellos se realizó, al menos momentáneamente. En cambio, protagonizó dos episodios que respondieron tanto a esta concepción suya de la guerra como contribuyeron a un largo eclipse de su fortuna política: la resistencia de la fortaleza de Amberes y la tentativa de forzar el estrecho de los Dardanelos.

La fortaleza de Amberes era una posición clave del alineamiento defensivo franco-anglo-belga que trataba de resistir la maniobra envolvente iniciada por las tropas alemanas en el verano de 1914. De la resistencia que los belgas opusieran allí dependía, no sólo la solidez de todo el frente, sino también la posibilidad de mantener despejada la costa y permitir, por lo tanto, la llegada de los refuerzos ingleses.

Cuando los belgas estaban por capitular, sitiados ya por el avance de las tropas alemanas, Churchill se hizo enviar, el 3 de octubre de 1914, al lugar en el que se encontraba el gobierno, con el fin de reanimar el espíritu de resistencia de los belgas.

Usó todos los medios a su alcance y hasta pidió permiso al gobierno inglés paa abandonar su cargo en el Almirantazgo para poder asumir la dirección de las operaciones militares. Logró postergar por algunos días la decisión de evacuar la fortaleza, pero no pudo impedirla.

Más grave y más significativa aún fue el fracaso de Churchill en la acción de los Dardanelos. El objetivo que perseguía Churchill era bastante claro: se trataba, en primer lugar, de establecer un contacto y una colaboración directa con los rusos, para transformar en una ventaja la estrategia de "líneas internas" adoptada por los imperios centrales. Pero de 1as dos posibilidades que se abrían en este sentido -una acción en el Báltico que hiciese salir a la flota alemana de los puertos donde se había refugiado, o una empresa en los Dardanelos que amenazara al Imperio Otomano y permitiese enviar por esta vía refuerzos al ejército ruso, gravemente afectado por los golpes de Hindenburg- Churchill eligió resueltamente la segunda. En verdad, ésta ofrecía la ventaja de unir el logro del objetivo militar principal con el fin político de acelerar un vuelco favorable a la Entente en la constelación mediterránea y balcánica. La intervención de Italia contra Austria, y de Bulgaria contra los turcos habrían sido sus consecuencias necesarias, a la par que se hubiera debilitado de manera definitiva la solidez del Imperio Otomano.

Si bien la concepción político-estratégica de la empresa era clara, su ejecución en cambio, fue confusa y contradictoria. Se comenzó por confiarla a las fuerzas terrestres, sólo apoyadas paralelamente por la marina, pero luego se asignó su realización únicamente a esta última, porque el frente occidental absorbía todas las divisiones disponibles. Por añadidura, Lord Fisher, a quien Churchill -poco antes del comienzo de la guerra- había nombrado Primer Lord del Mar, no ocultaba su resistencia a embarcarse en esa empresa y su clara preferencia por una acción en el Báltico que pudiera provocar un encuentro, en mar abierto, con la flota alemana. Sea como fuere, el ataque a los fuertes exteriores de los Dardanelos comenzó el 19 de febrero de 1915 y fue realizado por una escuadra inglesa compuesta por navíos de viejo tipo, dotados de artillería pesada y apoyados por una división naval francesa. Después de dos semanas, los fuertes exteriores de los Dardanelos quedaron reducidos a silencio; pero se produjeron nuevas vacilaciones al efectuar el dragado de las minas y al proceder a atacar los fuertes intermedios e internos. El 18 de marzo, cuando catorce navíos ingleses y cuatro franceses realizaron el ataque definitivo, los turcos habían reforzado sus defensas y respondieron al cañoneo naval con un fuego nutrido. Los fuertes turcos fueron semidestruidos, pero un acorazado francés y dos cruceros ingleses fueron echados a pique. Frente a la incertidumbre que se produjo en el comando de la flota del Mediterráneo, así como a la divergencia entre Churchill -favorable a la continuación del bombardeo- y Fisher -inclinado a no utilizar la marina-, el Primer Ministro Asquith se decidió por esto último. Las tropas anglofrancesas desembarcaron en la península de Gallípoli el 15 de abril, pero, debieron mantenerse en posiciones defensivas y se desangraron al rechazar una contraofensiva que los turcos habían podido preparar cómodamente. La empresa que hubiera debido imprimir un nuevo curso a la guerra terminó así, en la apertura de un nuevo frente, estático y terrestre. No se estableció contacto con Rusia. Italia firmó el pacto de Londres y entró en la guerra junto a la Entente, pero Bulgaria selló una alianza con los imperios centrales.

La dimisión de Fisher como Primer Lord del Mar no fue más que la última gota que hizo desbordar el vaso ya colmado de ira contra Churchill. El gabinete de unidad nacional que incluyó -esta vez- también a los conservadores, se formó en mayo de 1915 y siempre bajo la dirección de Asquith, relegó a Churchill al cargo puramente decorativo de canciller del ducado de Lancaster, mientras que el líder conservador Balfour lo reemplazó en el Almirantazgo. A los pocos meses Churchill renunció también al nuevo cargo y se trasladó al frente francés para comandar en las trincheras un batallón de infantería. Hasta 1917 no volvió a formar parte de un ministerio. Fue Lloyd George quien lo llamó al gobierno que presidía y lo nombró ministro de Armamentos; finalmente vio en acción a los tanques que había hecho proyectar hacía algunos años, y desahogando su dinamismo voló casi cotidianamente al frente experimentando incidentes de todo género, y logrando ser uno de los artífices de la victoria inglesa. Pero su peso en la dirección de la guerra no se hizo sentir de modo considerable.

** Flota asignada a la defensa de las Islas británicas.

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