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Viernes, 23 de Junio de 2017
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Winston Leonard Spencer Churchill: Antecedentes

   

Desde que Voltaire llamó al siglo XVII el "siglo de Luis XIV", fueron innumerables los intentos realizados por los historiadores para fijar la imagen de un siglo con el nombre de un personaje o una nación, de una invención científica o una aplicación técnica. No hay tal vez definición menos unilateral que aquella que se atribuye a veces al siglo XIX al caracterizarlo como el "siglo de Inglaterra". Esta definición expresa realmente, con amplitud y eficacia, algunas de las tendencias fundamentales de la historia universal en el siglo que precedió a éste, en el que vivimos.

El siglo XIX fue el "siglo de Inglaterra" en primer lugar, porque en él llegó a su apogeo y logró una expansión paralela al conocimiento alcanzado entonces de todo el planeta, el imperio más grande que haya conocido la historia: el Imperio Inglés. Extendido por los cinco continentes y enriquecido -justamente en el siglo XIX- con las posesiones de Australia, India y grandes zonas de África y América, el imperio Británico era realmente mundial. Ni el Imperio Chino, ni el Romano, ni el Musulmán, alcanzaron nunca una extensión aproximadamente comparable al mismo. Inmensos, colosales y omnipotentes ante los ojos de sus contemporáneos, estos imperios se revelan a la consideración histórica de una humanidad para la cual ya no hay parte alguna del globo inexplorado o inexplorable como imperios circunscriptos sustancialmente dentro de una sola región del mundo.

La extensión geográfica del Imperio Británico, sin embargo, sólo era el signo exterior de su fuerza, pero no constituía el secreto más íntimo de su extraordinario poderío. La formación del Imperio Inglés fue tanto una causa como un efecto de la virtual unificación del mundo, de la constitución en una única trama de las relaciones económicas y políticas, que no alcanzaba todavía a los aspectos sociales y culturales. En el momento de mayor brillo de su imperio, Inglaterra fue el "taller del mundo"; es decir, no solamente el país en el cual se inició la revolución industrial, sino también el que realizó un grandioso esfuerzo para lograr la unificación del mercado mundial, de modo de convertirse en su centro productivo y transformar así al mundo en una zona de producción de las materias primas necesarias para su industria o en un mercado abierto a sus productos manufacturados. La superioridad cualitativa de la producción industrial inglesa abrió por la fuerza, los viejos mundos de la India y de China y disolvió sus arcaicas estructuras tradicionales; en Europa se afirmó imponiendo la doctrina de la libertad de comercio.

Del mismo modo, después de la derrota de Napoleón por Nelson y Wellington, Inglaterra se convirtió, en el plano político y de modo indiscutido, en la mayor potencia del mundo. Como potencia mundial, desligada de todo acuerdo o pacto de carácter permanente con cualquiera de las otras grandes naciones, reguló a distancia el juego de relaciones y oposiciones en el continente europeo. En la vieja Europa, perturbada más que nunca por las rivalidades entre los viejos y nuevos estados -agudizadas por la aspiración a la independencia de nacionalidades hasta ese momento divididas y oprimidas- se buscaba un difícil equilibro político entre clases sociales en descomposición, consolidación o formación; en esta Europa no se produjo ninguna modificación importante de la que Inglaterra no fuera su impulsara indirecta o su sabia reguladora: ya sea la difusión en muchos países del proceso de industrialización o la reconstitución en estados nacionales de pueblos de antigua cultura, o la propagación de las constituciones liberales. Pero a comienzos del último cuarto del siglo XIX comenzó la decadencia del Imperio Inglés. Es verdad que su constitución política no mostraba todavía las huellas de este comienzo de declinación, pues estaba dirigida por una clase política hábil, siempre pronta a introducir los retoques necesarios. La flota inglesa todavía dominaba los mares en forma indiscutida, y los países que habían conquistado recientemente su independencia nacional y que aspiraban al papel de "gran potencia" -Italia, por ejemplo- todavía podían hacer de la amistad con Gran Bretaña un objetivo inapreciable e indiscutible de su política exterior. Pero las premisas inexorables de la decadencia del Imperio existían ya; de allí en adelante, Inglaterra ya no sería el único "taller" del mundo.

Casi simultáneamente, desde hacía más de un decenio, dos grandes países como los Estados Unidos y Rusia -con la guerra civil y con el decreto de emancipación de los siervos de la gleba, respectivamente- habían asestado golpes decisivos al predominio social de la gran propiedad terrateniente, y se encaminaban decididamente hacia un proceso de industrialización que aprovecharía, aunque con formas muy diferentes, sus enormes riquezas naturales.

Un país asiático, Japón, pobre en materias primas pero dispuesto a asimilar velozmente las técnicas de los audaces europeos que habían violado su aislamiento, comenzó a yuxtaponer la moderna producción industrial a una estructura social en muchos aspectos todavía feudal. En el centro mismo del continente europeo, aparte de las dificultosas relaciones con su secular rival -Francia- comenzaba a definirse la amenazadora competencia de Alemania, que en el curso de su proceso de unificación nacional había desarrollado su propia industria con ritmo avasallador. A partir de ese momento, Inglaterra perdió gradualmente la primacía en la producción de carbón, acero y hierro, primacía que fueron conquistando los nuevos estados industriales. Se inicia entonces la competencia en la expansión colonial entre las grandes potencias, y surge la perspectiva de una guerra para lograr una nueva distribución de las colonias y de las esferas de influencia.

Pero la decadencia del Imperio Inglés no es menos grandiosa que su ascenso y su apogeo, salpicada como lo estuvo de victorias tácticas y derrotas estratégicas. El carácter sumamente complicado que ha adquirido las crisis general del imperialismo -por la concurrencia de una vastísima gama de factores, al formarse nuevos imperios y surgir en todos los continentes nuevas realidades sociales y nacionales- ha suministrado sin duda la ocasión más propicia para el despliegue de la actividad de una clase dirigente muy experimentada, cauta, capaz de limitar sabiamente y atenuar en forma regulada su voluntad de dominio. Es por eso curioso, pero no del todo incomprensible que si bien los pueblos y 1as naciones dan origen generalmente a sus figuras más relevantes en períodos de ascenso y expansión, el largo crepúsculo del Imperio Británico haya sido iluminarlo por una personalidad excepcional como la de Winston Churchill. No se trata, por cierto, de una de las personalidades espiritualmente más ricas en la larga historia de la clase dirigente inglesa; es una personalidad discutida y combatida, pero no por ello menos representativa. Es un hombre que ha compartido profundamente con su época ese amor por la aventura tan frecuente en los períodos de grandes transformaciones políticas y sociales. Pero es también un hombre político, que supo encarnar una fe indestructible en el Imperio al que sirvió durante toda la vida y que, probablemente, murió con la convicción de que en la historia humana no ha habido una constitución política mejor que la que rigió la larga vida del Imperio Inglés.

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