Efemérides Venezolanas
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Lunes, 27 de Marzo de 2017
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Winston Leonard Spencer Churchill: La Grande y difícil Alianza

   

El año 1941 debía ser el año que diera definitivamente la razón a Churchill, confirmando la exactitud de su intuición política, pero que pondría a prueba, al mismo tiempo, su validez, demostrando cuán difícil hipótesis había constituido en un mundo que, a través de la guerra, estaba poniendo al desnudo en la forma más radical, todas sus contradicciones. En ese año, efectivamente, la guerra iniciada en 1939 se convertía en verdad, en toda la extensión de la palabra, en una guerra mundial: con la agresión alemana a la Unión Soviética (22 de junio de 1941) y con el ataque japonés a la flota norteamericana en Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), no hubo ya continente ni océano sobre el cual no se combatiese o no se prepararan las armas. Inglaterra dejaba de estar sola en su lucha contra Alemania, aun cuando en Asia un nuevo y peligroso ataque se dirigía contra un sector particularmente importante de su Imperio.

La alianza por la cual Churchill había luchado con tanta energía antes del estallido del conflicto y durante los primeros dos años de las operaciones militares, se había finalmente realizado. Pero el estado de necesidad en el que se produjo esta alianza -más bajo los golpes asestados por el enemigo que en virtud de autónoma elección- podía ocultar, pero no eliminar, la dificultad que ella encontraba en las cosas, y aún más en la concepción misma de Churchill. Churchill no se echó atrás cuando Hitler invadió con más de cien divisiones el territorio de la Unión Soviética, imitado y ayudado en seguida por toda la cohorte de sus aliados y vasallos. Si el ataque a la Unión Soviética entendió atenuar la hostilidad inglesa, Churchill salió inmediatamente al paso a toda ilusión. Igual que en el verano del año precedente, tampoco esta vez tuvo vacilaciones. A quienes en la víspera de la agresión alemana contra la URSS le plantearon la cuestión de si no había contradicción entre su anticomunismo y su decisión de trabar una alianza con la Unión Soviética, Churchill les respondió: "Tengo un único objetivo: la destrucción de Hitler, y esto me hace mucho más fácil la vida. Si Hitler invadiera el infierno, haría por lo menos una alusión favorable al diablo en la Cámara de los Comunes". No en la Cámara de los Comunes, sino ante los micrófonos de la BBC, Churchill pronunció en la noche del 22 de junio de 1941, el discurso que equivalía a la declaración de solidaridad del Gobierno de Su Majestad Británica con el país agredido. Reafirmación de todas sus propias contrastantes convicciones y eficacia oratoria hacen de ese discurso uno de los más trascendentes pronunciados por él durante toda la guerra: "El régimen nazi no difiere en sus peores aspectos del régimen comunista. Carece de toda base y principio, salvo el instinto de rapacidad y de dominación racial. Supera todas las formas de perversidad humana en cuanto a técnica de crueldad y a ferocidad de agresión.

Nadie ha sido adversario del comunismo con más consecuencia que yo durante los últimos veinticinco años. No desmentiré ni una sola de las palabras que he pronunciado sobre este tema; pero todo desvanece frente al espectáculo que se está desarrollando en estos momentos. El pasado con sus delitos, sus locuras y sus tragedias, desaparece. Veo a los soldados rusos, firmes sobre los límites de su tierra natal, que defienden los campos cultivados por sus padres desde tiempos inmemoriales. Los veo mientras defienden sus casas, donde las madres y las esposas ruegan -sí, porque hay tiempos en los que todos ruegan- por la salvación de sus seres queridos, por el retorno del que gana el pan cotidiano, de su protector y defensor. Veo las diez mil aldeas, donde los medios para vivir han sido arrancados del suelo con tanto sacrificio, y en donde todavía subsisten los bienes humanos primordiales, donde las muchachas ríen y los niños juegan. Veo avanzar contra todo esto, espantoso asalto, la maquinaria bélica nazi, con sus oficiales prusianos en papel de pisaverdes y que se complacen con el chocar de los talones y el tintineo de sus espuelas, con sus agentes hábiles expertos que vuelven de su hazaña de haber aterrorizado y esclavizado a una docena de países. Veo también a las masas de la soldadesca huna, obtusa, bien adiestrada, dóciles y brutales que avanzan pesadamente semejantes a bandadas de langostas que se arrastran; veo a los bombarderos y los cazas alemanes en el cielo, todavía dolientes por los castigos que los británicos les han infligido, felices de caer sobre la que ellos consideran la presa más fácil y segura. Detrás de todo este desfile alucinante, detrás de todo este huracán, veo a ese reducido grupo de hombres perversos que proyectan, organizan y desencadenan sobre la humanidad esta catarata de horrores. ¿Tengo que hacer la declaración, o podéis vosotros alimentar dudas sobre la política a seguir por el gobierno? Tenemos un solo objetivo y un único, irrevocable propósito. Estamos decidido a aniquilar a Hitler y a todo vestigio del régimen nazi. Nada nos apartará de tal propósito, absolutamente nada. No trataremos jamás no negociaremos jamás con Hitler, ni con ninguno de su banda. Lo combatiremos por tierra, lo combatiremos por mar, lo combatiremos por el cielo, hasta que, con la ayuda de Dios, hayamos liberado a la tierra de su sombra y a los pueblos de su yugo. Todo hombre y todo Estado que combata contra el nazismo recibirá nuestra ayuda. Todo hombre y todo Estado que marche al lado de Hitler es nuestro enemigo."

De acuerdo con esta declaración Churchill firmaba el 10 de julio un acuerdo con un representante de la Unión Soviética, mediante el cual los dos países se comprometían a prestarse recíprocamente ayuda y asistencia y a no negociar una paz por separado. En la Cámara de los Comunes, Churchill declaró que se trataba de una verdadera "alianza" a todos los efectos.

Pero, antes que ella comenzara a funcionar en el plano militar, volvieron a presentarle algunas de las dificultades que con anterioridad al año 1939 habían impedido que se llegara a una alianza preventiva. Sólo recordaremos un pequeño pero significativo episodio. Todas las noches la BBC solía trasmitir los motivos de los himnos nacionales de los países aliados con el Reino Unido. Después de la firma del acuerdo del 10 de julio, los oyentes ingleses esperaban que la Internacional, a la sazón himno nacional soviético, siguiera al Dios salve al rey y a la Marsellesa, pero fue en vano. A raíz de la interpelación de un diputado laborista que solicitaba explicaciones por esta omisión, se optó por suspender la trasmisión de los himnos nacionales antes que hacer oír las notas del himno grato a los trabajadores de todo el mundo. La cuestión era mucho más simple, sin ninguna duda, en relación con la alianza con Estados Unidos. Hacía ya bastante tiempo que Roosevelt estaba convencido de la necesidad de la intervención de Estados Unidos y sólo esperaba elegir el momento y las formas más oportunas para provocarla de un modo aceptable ante la opinión pública de su país, que se había encerrado en gran parte en la caparazón aislacionista después de la experiencia no del todo feliz de la participación norteamericana en la primera guerra mundial. Pero la ayuda americana afluía cada vez más copiosamente a través del Atlántico, y Churchill no perdía ocasión para subrayar la comunidad de los destinos de ambos países, para recordar el aporte decisivo que podía venir de los Estados Unidos. Demasiado bien conocía Churchill al presidente norteamericano y la orientación de la opinión pública de Estados Unidos como para no recordar que la intervención sólo podía producirse sobre la base de una declaración de principios que invistiere a la nación americana y a la causa de los aliados, de una precisa función moral, traducible en un proyecto de orden internacional que se haría valer después de la victoria. La reunión de Churchill con Roosevelt, a bordo respectivamente del acorazado británico Príncipe de Gales y del crucero norteamericano Augusta, a lo largo de las costas de Terranova en agosto de 1941, fue explícitamente dirigida al cumplimiento de este objetivo. Churchill participó en esta reunión con todo el énfasis de que era capaz su naturaleza, sentimental y calculadora. "Se habría creído -pudo escribir Henry Hopkins, emisario personal, de Roosevelt ante Churchill- que se sintiera transportado al cielo para reunirse con Dios". Pero la "Carta del Atlántico" que nació el 25 de agosto de las conversaciones y acuerdos de esa reunión, no correspondió del todo a las orientaciones políticas del primer ministro británico. Hay en ese documento cierto democratismo proyectado hacia la previsión y organización del futuro que no podía no repugnar a su concepción de la historia fundada en el libre intercambio de las fuerzas como fuente de juicio. La "Carta del Atlántico", con sus principios que repudian toda forma de conquista, que no admiten cambios territoriales sino con el consenso de las poblaciones interesadas, que sancionan la libertad de cada pueblo para elegir su propia forma de gobierno, el acceso de todos los Estados a las principales fuentes de materias primas, hería hondamente la estructura y la existencia misma del Imperio Británico, porque mientras preveía su disolución como organismo privilegiado, hacía brillar en los pueblos que oprimía la ilusión de una próxima liberación. Churchill estaba demasiado convencido de la necesidad de llevar victoriosamente a término la guerra para no aceptar el documento que Roosevelt le propuso, pero son extremadamente significativos los límites dentro de los cuales lo interpretó, al referirse a é1 en la Cámara de los Comunes, restringiendo su aplicación a los pueblos del continente europeo sometidos a la ocupación de los ejércitos nazis.

Empero, la formación de la coalición antihitlerista constituía un éxito enorme de la política de Churchill, una concentración de fuerzas imponentes e indestructibles: aun cuando el Imperio Británico tuvo que sufrir la derrota de mayor relieve en la segunda guerra mundial, la capitulación de la guarnición de Singapur, que abría a los japoneses el camino de Birmania e India, aun cuando los Estados Unidos habían perdido las principales posiciones del Pacífico, y los ejércitos de Hitler en Rusia se extendieron hasta las puertas de Moscú, Leningrado y Stalingrado. Esta alianza gigantesca y difícil, probablemente una de las más grandes y difíciles que haya registrado la historia humana, soportó las durísimas pruebas de su fase inicial hasta el momento en que, casi simultáneamente, Stalingrado y El Alamein volcaron la suerte de la guerra y pusieron coto -son palabras de Churchill- si no al principio del fin, por cierto al fin del principio. La complejidad de las relaciones con la Unión Soviética se puso de manifiesto particularmente en cuanto se trató de responder al compromiso, contraído a consecuencia de las estipulaciones de la alianza formal, de abrir un "segundo frente" que aliviara a la Unión Soviética de la presión alemana que soportaba casi con sus solas fuerzas.

Durante la visita a Londres del ministro de relaciones soviético Molotov, en agosto de 1942, Churchill adhirió a la propuesta de suscribir una declaración que anunciaba el cumplimiento de ese acto en el curso del mismo año. Pero habrá que esperar hasta el 6 de junio de 1944 para que la operación Overlord se lleve a cabo y se pueda abrir efectivamente un segundo frente" en Europa. En realidad, el plan que acariciaba Churchill se había vuelto más complejo ahora que Inglaterra no se encontraba sola en su enfrentamiento con Hitler. La defensa del Imperio exigía que la destrucción de Alemania se produjera a través de la salvaguarda de todas las principales posiciones inglesas, que tuviese su centro en el Mediterráneo y que previese un difícil avance y una subsiguiente contención de las posiciones de la Unión Soviética. De aquí las presiones de Churchill sobre Roosevelt para inducirlo a hacer preceder el ataque a la fortaleza europea, de un golpe asestado al "bajo vientre del animal": la operación Torch, del desembarco en África septentrional, como preludio de un ataque contra Italia y la península balcánica. Es dudoso que la segunda guerra mundial plantease tan sólo problemas de equilibrio o que no presentase, por sus orígenes y por sus mismo desarrollos, la superación de un sistema fundado en el equilibrio. Churchill, empero, no tenía en su arco otras cuerdas que las que lo habían empujado a combatir. El principio del equilibrio constituía la "última Thule" de su política, y advertía que este equilibrio se subvertía en desmedro del Imperio, justamente cuando la guerra que é1 había combatido en nombre de ese principio, comenzaba a presentar soluciones favorables.

La última fase de la segunda guerra mundial fue vivida por Churchill con la asediante preocupación de que la potencia de los nazis pudiera llegar a ser destruida en forma y en condiciones tales que perjudicaran al Imperio Británico en Europa y en Asia. En la primera gran conferencia política y militar que las tres grandes potencias celebraron en Teherán, Churchill hizo todos los esfuerzos posibles, para convencer a Roosevelt y a Stalin de que el "segundo frente" debía abrirse en las Balcanes, y que el ingreso de Turquía en la guerra, al lado de as Naciones Unidas, era una cuestión de importancia vital. Pero Stalin tuvo buena habilidad al replicarle que el ataque a Alemania no permitía desviaciones ni dilaciones y obtuvo fácilmente el asentimiento de Roosevelt, presentándole la derrota de Alemania como premisa absolutamente necesaria para la intervención de la Unión Soviética en la guerra contra el Japón.

A partir de este momento, la gravitación de Churchill en la gran coalición fue disminuyendo gradualmente en importancia y en eficacia. Todas las iniciativas militares que modificaran la estrategia general concertada en Yalta o las tentativas de una conducta militar autónoma en el ámbito de la invasión angloamericana de Europa, cayeron en el fracaso o toparon contra realidades y voluntades más fuertes. Así ocurrió con el desembarco efectuado en Anzio (22 de enero de 1944) para conferir mayor relieve al frente italiano; así con el proyecto propuesto por Montgomery, de acuerdo con Eisenhower, de impulsar la ofensiva contra Alemania sobre la dirección septentrional a través de Hamburgo, en la tentativa de alcanzar Berlín antes que el ejército rojo. En la última reunión de los tres grandes en Yalta (febrero de 1945), que más que de los problemas de la guerra se ocupó de la organización del mundo después de la reconquista de la paz, Churchill se habla reducido a un brillante co-primer ministro entre un Stalin y un Roosevelt que si tenían dificultades para comprenderse plenamente, se sentían de cualquier modo empujados a moverse y a hacer previsiones sobre un mismo plano. El éxito más importante que cosechó Churchill en esta fase, fue en las tratativas concertadas con Stalin para la división de las respectivas esferas de influencia en la Europa danubiana y balcánica: una página de historia que reconstruyó con dramática evidencia en la historia de la segunda guerra mundial, como si sugiriera que Stalin, mientras en el curso de la guerra había nutrido esperanzas en un orden internacional completamente renovado, fue inducido, después que el esfuerzo decisivo se había cumplido, a buscar soluciones de acuerdo con su interlocutor inglés en el plano de la política de poder.

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