Efemérides Venezolanas
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Domingo, 30 de Abril de 2017
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CarloMagno: La Leyenda

   

LA LEYENDA DURANTE LA VIDA DE CARLOMAGNO

A pesar de todo lo que se llegará a saber de nuestro personaje, la leyenda nació muy pronto; recogida y agrandada para ser difundida en la cristiandad, infundió a los hombres de iglesia la idea de la santidad de Carlomagno. Se hizo de este príncipe, un santo.

 

Hacia el fin del siglo IX, Rabano Mauro lo cita en su martirologio. En Germanía se lo venera como el apóstol de los sajones. En Aquisgrán -donde había sido sepultado- sus reliquias son ya, en el transcurso del siglo XI, objeto de culto y los peregrinos se llegan a orar delante de su imagen profusamente iluminada. Incluso mientras vivió, los que lo rodeaban contribuyeron a la creación de esta leyenda. Los cronistas narran sus victorias y le agregan datos fantásticos. Los mismos "Anales Reales", en el relato de las guerras de Sajonia del 777, por ejemplo, al evocar la espantosa sequía que afligía a la región, agregan: "pero para que el ejército no fuese atormentado por la sed, sucedió, sin duda por la voluntad de Dios, que un día, siendo las doce horas, una inmensa cantidad de agua surgió del lecho de un torrente, al lado de una montaña que limitaba con el campo y así se pudo satisfacer las necesidades de todo el ejército".

En todas partes sus campañas son conducidas con "rapidez prodigiosa"; mientras el enemigo "se consume en esfuerzos vanos para realizar sus planes, Dios le infunde un terror pánico y así, de repente y temblando de miedo, emprende vergonzosamente la fuga". O se trata de la aparición en el cielo de dos jóvenes vestidos de blanco o, de dos escudos de un rojo resplandeciente, que al surgir en el cielo, ponen en fuga al enemigo despavorido.

 

Qué decir de los hombres de letras, como aquel desconocido poeta que algunos meses antes de la Navidad del 799 -el año en que el Papa colocó sobre la cabeza del monarca la corona imperial- escribía: "Carlos, sabio, modesto, señor del mundo, bienamado del pueblo, cumbre de Europa, héroe, augusto pío, está trazando los muros de Roma." Palabras de un poeta quizás, como aquellas del lírico Alcuino que lo parangonan al león, "rey de los animales", y que auguran, más adelante, la extensión de su dominio "a las plantas que nacen sobre la tierra y a los granos de arena que costean el litoral de los océanos". Y que muestra cómo los astros, la tierra y el mar, los pájaros y las bestias lo aclaman unánimes, para parangonar, por último, "este príncipe del que no se conoce igual desde el comienzo del mundo" con Juan Bautista, el Precusor "que bautizó para redimir a todos del pecado".

Incluso el mismo Carlomagno no se cree obligado a ser modesto y en la Academia de la corte, elige el seudónimo de David. La admiración hacia él luego de su muerte aumenta de siglo en siglo; la concepción dominante acerca de su persona, llega a formar, tanto en los historiadores como en la leyenda que ofrece numerosos relatos, la idea de un príncipe bajo el cual un orden maravilloso ha reinado en el mundo.

 

El "Libro del monje de San Gallo" entre 883 y 887, el "Tratado sobre la organización del Palacio" escrito por Hinemar en 882, "La vida de Carlos" de Eginardo, compuesta hacia el 824 sobre el modelo de la "Vida de los doce Césares" de Suetonio, para no citar sino los más conocidos, no pueden ser acusados -por su fecha de aparición- de adulación. Más aún, la apología que anima cada página deriva seguramente del recuerdo, de la nostalgia de una época de gloria y de acción fecunda y de la preocupación de instruir y educar a los débiles príncipes, que fueron sus sucesores. El monje de San Gallo es quien enriquece nuestras nociones corrientes y escolares con casi todas las anécdotas célebres de Carlomagno: el emperador y los escolares, la lucha de Pepino el Breve y el león, las lágrimas de Carlomagno ante los primeros barcos normandos, la conversación entre Ogiero y Desiderio sobre los muros de Pavía y la aparición del emperador de hierro. En el siglo X, la iglesia es la institución que recoge el mayor beneficio de esta leyenda. El país, devastado por las guerras civiles y las invasiones extranjeras, reconquista poco a poco, bajo el prudente gobierno de los reyes Capetos la calma y una cierta seguridad.

Las iglesias y las abadías se recobran y adquieren gran esplendor. Los caminos se cubren de un tránsito siempre creciente de mercaderes y peregrinos, que se dirigen hacia los pasos de los Alpes o de los Pirineos o hacia los puertos italianos para embarcarse hacia Tierra Santa; unos para ejercer su comercio, otros para entregarse a la oración en los famosos santuarios de Roma, de Jerusalén, de Santiago de Compostela.

 

Iglesias y abadías son etapas habituales, donde los viajeros encuentran alojamiento para reposar y asilo para ser curados en caso de enfermedad. Es entonces cuando clérigos y monjes demuestran mayor interés en atraer y retener lo más posible a esa clientela. Y ya que los lugares santos, las ferias y los mercados coinciden en el mismo lugar, no es cuestión de descuidar la oferta de importantes reliquias -contenidas en preciosas urnas- que serán veneradas por los fieles. ¡Qué provecho presentaba bajo este aspecto la vida legendaria de Carlomagno! Su nombre continuaba presente en la fantasía de los clérigos, convencidos de los méritos del emperador. Abundaba en las bibliotecas de las iglesias y abadías, toda una literatura cuyo contenido estaba constituido sobre todo por las empresas de Carlos, por las leyendas de Guillermo de Orange o de Rolando; Carlomagno con sus expediciones a España e Italia se transforma en el patrono -y osemos decirlo-, en el agente publicitario del peregrinaje a Roma, a Santiago de Compostela, aún a Jerusalén,
¿acaso no se ha dedicado constantemente a perseguir a los infieles en el mundo entero hasta llegar a Constantinopla?...

Además, monjes y clérigos no han perdido el recuerdo de los beneficios acordados a unos y otros por Carlomagno cuando éste aún vivía: conviene sacar partido de su gloria creciente y hacer de él un escudo, un estandarte contra los cambios políticos y las posibles expoliaciones. El nombre de Carlomagno se transforma cada vez más en el símbolo del poder civil y militar puesto al servicio de la religión y recompensada ya en este mundo con una protección manifiesta y con el constante éxito de las empresas más osadas. Se saca provecho de las ventajas que pueden derivarse de la atención, de la protección que el gran emperador habría prestado a tal fundación monástica, canónica, o incluso civil. De este modo una literatura con intenciones claramente prácticas preside, acompaña y a menudo inspira la literatura poética; se intenta inculcar la convicción de que el fundador del Imperio de Occidente ha deseado la construcción de tal ciudad, de tal iglesia, de tal abadía y los privilegios exorbitantes y las exenciones se multiplican en todas partes.

 

El número de estas ingenuas creencias y piadosas supercherías es enorme. Sería difícil agotar la lista completa de las localidades que reivindican a Carlomagno. Son, por un lado, las reliquias personales -Carlomagno no tiene ya nada que envidiar a los santos más célebres-, los tesoros de la Catedral de Aquisgrán con el "olifante de Carlomagno" la cimitarra persa ofrecida al Emperador por Harun al Rashid, el tesoro de Corbie, de San Sernin de Tolosa, de Santa Cruz de Poitiers, de San Medarno de Sajonia, de la abadía de San Dionisio en Francia con su propio cetro, de San Pedro en Roma, para mencionar sólo a las más célebres y conocidas. Sin contar las copas de metal diverso, los vasos y los poseedores de la corona, el cetro, las espuelas, los guantes, la capa, la dalmática, las espadas... En el siglo XII, el platero que adornó y cinceló la caja que contendría los huesos del santo emperador luego de la exhumación ordenada por Federico Barbarroja (1166), no dudó en agregar escenas de carácter legendario y en particular, la historia de la expedición de Carlomagno a Tierra Santa. A pesar de todas las razones que podrían haber hecho dudosa esta leyenda, fue admitida sin discusiones por todos aquellos que la escucharon; de ella quedó el relato escrito por el monje Jocundo, que no dejaba de afirmar devotamente: "El pío Carlos no temía morir por la patria, por la Iglesia; recorrió así el mundo entero; a aquellos que veía rebelarse contra Dios los combatía y a aquellos que no pudo someter a Cristo con la palabra, los sometió con el hierro." Esto contribuyó mucho a difundir en la Iglesia la idea de la Santidad de Carlomagno. Muy pronto, la crónica del seudo Turpino confiere al emperador el carácter de apóstol guerrero -ya Jocundo lo había puesto de manifiesto un siglo antes- que fue fácilmente aceptado por los laicos, habituados por las canciones de gesta a admirar la piedad de Carlomagno y a creer en los milagros divinos hechos por su intermedio. De este modo se gestó se aceptó su imagen como plena de santidad. Y muchos debieron considerar realmente, que esa santidad tenía la misma intensidad que se atribuía a los santos.

Ningún escándalo, ninguna sorpresa trajo pues la ceremonia de Aquisgrán del 28 de diciembre de 1164. Un contemporáneo, Agolardo, arzobispo de Lyon, no vacila ennumerarlo en su epitafio entre los santos, ni Rabano Mauro citarlo en su martirologio. Cuando por orden de Otón III, en el año 1000 se buscó y se descubrió su tumba, fueron señalados en el lugar, numerosos milagros. Con Federico Barbarroja -en 1166- nueva apertura de su tumba en Aquisgrán, traslado de las reliquias y de todos los elementos de veneración pública; es cierto que estamos frente al acto de un antipapa, ya que todavía un cierto número de iglesias en Germania -como en Francia y en España adopta este culto y llega a celebrar una misa y un oficio en honor de Carlomagno. Su nombre es citado en varios martirologios. Delante de Carlos VII de Francia, en Chinon, Juana de Arco mencionará a San Carlomagno colocándolo junto a San Luis.

 

Incluso la Sorbona, con intervalos, lo declara su patrono. Benedicto XIV, en el año1767, decía que se podía continuar dando a Carlomagno el título de beato; Papas, concilios, iglesias, proponen lo mismo con argumentos favorables. A pesar de la opinión de ciertos historiadores de la Sorbona -y de Mabillón- los bolandistas encontraron en la vida del emperador algunas manchas -sobre todo en lo que concernía a su conducta respecto a los sajones y sus costumbres- que dificultaron su consideración como santo. Pero merced a una buena literatura, la buena fe del pueblo -sobre todo a partir del, siglo XII-, no se verá turbada; por otra parte, en los conocidos poemas épicos en lengua vulgar, en las canciones de gesta del "cielo de Carlomagno" -entre ellas la más célebre es la de Rolando, pero existen alrededor de treinta-, el Carlomagno del que se habla como de un santo es, según el carácter irreverente del francés, un, emperador de carácter jovial que tiene un fondo de verdad histórica. Entre los alemanes, por el contrario, la leyenda conservará el carácter de una devota conexión. Otón III y Federico Barbarroja, se presentan como sus continuadores.

Sin desear proseguir con detalles menores la historia de la leyenda de Carlomagno hasta nuestros días, recordaremos con simples menciones "Los reales de Francia", "El Orlando enamorado" de Boyardo, "El Orlando furioso" de Ariosto, para Italia; el modelo que Napoleón pretendía ver en Carlomagno, para Francia; las obras de erudición como la "Monumenta Germaniae" del siglo XIX, para Alemania, que acaparaba para sí la epopeya carolingia, como algo exclusivamente autóctono. Sin querer exagerar la perduración del influjo ejercido por Carlomagno sobre el espíritu de los soberanos o de los jefes de los Estados modernos, es necesario reconocer que en los países sometidos a su autoridad: Francia, Alemania, Italia, Bélgica, su memoria subsiste, en los cuentos populares, en la tradición o en las obras de arte. El haber logrado -en vida- entrar en la leyenda y, más tarde, servir de modelo hasta los tiempos modernos, a emperadores, jefes de Estado, filósofos, es elemento suficiente, para valorar desde ya la verdadera dimensión de tal personaje.

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