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Sábado, 29 de Abril de 2017
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CarloMagno: Carlomagno

   

De año en año, el reino de Carlomagno evoluciona, en un esfuerzo por asegurar la consolidación del Estado.

 

A los ojos de todos, el rey mismo aparece envuelto en un prestigio excepcional; sus conquistas, su gobierno, el sentido cristiano de su misión respecto de los pueblos, todo contribuye a conferir a la persona de Carlos, un particular carácter y un esplendor que ningún rey de la dinastía precedente ha conocido. Entre los príncipes contemporáneos no es ya el "primero entre sus pares"; todos le reconocen una personalidad excepcional, única. Es así que un poeta irlandés ha cantado, tal vez en su mismo palacio: "Uno solo reina en el reino de los cielos, aquél que lanza el rayo. Es natural que sea uno solo después de él que reine sobre la tierra, uno solo que sea un ejemplo para todos los hombres." Y el abad de San Gallo, Nokter, describe de este modo el recibimiento de una embajada: "El rey se encontraba cerca de una ventana llena de luz, resplandeciente como un sol en el levante, cubierto de oro y de piedras preciosas." Alcuino decía a Carlomagno: "la Gracia de Dios ha esparcido el temor de vuestro poder en todas las naciones. Aquellos que no han sido nunca sometidos por la guerra, vendrán tal vez voluntariamente a someterse a vos". La autoridad de un solo hombre designado por Dios para gobernar a los hombres, correspondía a la autoridad de Dios sobre el universo; los paganos que no están convertidos quedan como siervos del diablo, excluidos de la comunidad cristiana. El reino sobre el cual el monarca ideal debía gobernar era sólo la cristiandad, si bien estaba sobreentendido que el resto de la humanidad debía ser incorporado lo más pronto posible.

Estas ideas no eran nuevas; habían existido por siglos en el Imperio romano y habían servido de base a la política de los emperadores cristianos; después de la paz alcanzada en el siglo IV, entre el Imperio y la Iglesia, representaron las respectivas ambiciones de universalismo del Imperio romano y del Cristianismo. Y romano y cristiano se transformaron en sinónimo, usados indistintamente. Pero en el año 476, el Imperio de Occidente, después de más de un siglo de invasiones de los bárbaros, se derrumbó, manteniendo, sin embargo, el antiguo ideal bajo la forma de un universalismo que hizo que se reconociese la autoridad imperial sobre los reyes. La persona del emperador está revestida, de este modo, de un carácter sagrado; él es quien gobierna a la Iglesia, por medio del Concilio general, legisla, juzga, preside las controversias dogmáticas.

 

En Occidente, en la segunda mitad del siglo VIII, los soberanos francos son comparados con las grandes figuras del Antiguo Testamento. A Pepino, Esteban II y luego Pablo I les dan el nombre de Nuevo Moisés o Nuevo David. En cuanto a Carlomagno, éste domina en el interior de su reino, pero la mayor parte de los príncipes de Europa son sus amigos, aliados o vasallos. En las iglesias de la Cristiandad se jactan de los servicios que el rey de los francos rinde cotidianamente a la religión cristiana y se ruega a Dios por él. De esta popularidad universal, el pueblo franco está imbuido y no duda de la duración de su poder. Aparece entonces una idea grata a todos los espíritus selectos de la época: que a la gloria política de Carlomagno se agrega una, mucho más pura: aquella que al extender el reino de los francos ha propagado el nombre de Cristo. Gracias a esto las sectas desaparecen y las naciones paganas aceptan el bautismo. Carlos mismo ve en su soberanía una institución de origen divino, se proclama ante todo "rey por la gracia de Dios" y hemos visto cómo lo inspiró el celo religioso durante las carnpañas cumplidas más allá de las fronteras. Alcuino, que no oculta su admiración y veneración, le reconoce la misión del magisterio, propia de los obispos. Carlomagno se preocupa por el mantenimiento de una doctrina sana, de la disciplina adecuada y del respeto de las reglas y normas de la Iglesia. Dirige así las deliberaciones de los sínodos y de las comisiones teológicas; quiere ser el protector de la Iglesia, pero con tal fuerza de autoridad, que se puede pensar que el rey de los francos ejerce un poder casi imperial sobre la Iglesia de Occidente.

Con este motivo conviene recordar que, luego de Pepino, las relaciones entre la corte de Constantinopla y los reyes francos, no fueron muy cordiales. La intervención de Pepino en Italia, llegado en ayuda del Papa contra los lombardos, selló una estrecha alianza entre el reino franco y el papado. Cuando Carlomagno se ciñe la corona de hierro, Constantinopla asume una actitud de prudente expectativa. Con la emperatriz Irene las relaciones parecen mejorar con la complacencia de Carlos, pero una nueva intervención de los francos en Italia en el año 787 y la repercusión de la lucha en Bizancio, por el culto de las imágenes, provocan de nuevo un enfriamiento. Más tarde se seguirán tratativas de armisticio, pronto fracasadas por cuestiones de susceptibilidad producidas por el Concilio de Nicea, al que Carlomagno no ha sido invitado y contra cuyos decretos hizo redactar por sus teólogos una confutación seguida de un enérgico capitular.

 

El rey de los francos aparece como portavoz de la Iglesia latina, administrador, vigilante y defensor de la fe cristiana.

A través de miles de detalles, en esta perspectiva del siglo VIII, se ve siempre a Carlomagno tendiendo a colocarse sobre un plano similar al de emperador. En los asuntos de la cancillería, Pablo Diácono y Alcuino en sus escritos, lo llaman ahora con el apelativo de David, el nombre del rey judío con el que se invocaba al emperador de Bizancio. A partir del año 794, Carlos ha decidido establecer una residencia fija, el palacio de Aquisgrán; abandona así la vida nómade que ha llevado de lugar en lugar. Allí el palacio y la capilla, por lo que sabemos por las crónicas y las excavaciones, eran de aspecto sobrio pero ricamente decorados en el interior y en su disposición se advierte la influencia de Constantinopla y de Ravena. En el año 774, Carlomagno ha renovado con Roma el pacto de su padre y ha pronunciado, de nuevo, la fórmula "me obligo con un juramento a ser el protector y el defensor del Papa y de la ciudad". La protección es autoritaria y confiere al protector el derecho de intervenir en los asuntos del protegido. En las actas de cancillería, entre sus títulos, figura el de Patricio de los Romanos. El papa Adriano consiguió, con habilidad y firmeza, conservar una cierta libertad en las relaciones con su poderoso protector; pero su sucesor, León III -elegido en el año 795-, no tendrá ni el prestigio, ni la amplitud de miras de su predecesor.

 

Expuesto en sus Estados al antagonismo entre la aristocracia militar y territorial y la burocracia clerical, el Papa trata de acercarse a Carlomagno, que bien pronto declara sus deseos: "A mí me pertenece defender la Santa Iglesia de Cristo con las armas; en el exterior, contra los ataques de los paganos y las devastaciones de los infieles y consolidarla en el interior, difundiendo la fe católica. A vos, Santísimo Padre pertenece, levantando los brazos como Moisés, ayudar con vuestras plegarias al triunfo de nuestras armas." En otras palabras: al Papa, el ministerio de la plegaria; al rey la defensa de la Iglesia misma y su dirección espiritual. León III responde haciendo decorar la sala de recibo de Letrán con el célebre mosaico, hoy destruido y del que no queda sino una reconstrucción del siglo XVIII: a su derecha, Cristo confía las llaves al Papa Silvestre, y el estandarte a Constantino, ambos arrodillados igualmente a sus pies; a la izquierda, San Pedro entrega a León III la estola y al rey de los francos, el estandarte. A los ojos del pontífice, Carlomagno debe ser el nuevo Constantino y estar a disposición de la Iglesia. ¿Y qué decir exactamente de las ambiciones y de las pretensiones de Carlomagno respecto de la evocación del término "Imperio"? La lengua materna no conocía palabras para designar la dignidad imperial, pero sabemos que, escasamente instruido en la adolescencia, Carlos siempre tuvo el deseo de aprender de sus doctos amigos y de hacer de la civilización cristiana antigua una herencia propia. Los intelectuales de la Corte, siempre orientados hacia la antigüedad, debían sentirse fascinados de la proyección de la idea imperial sobre la monarquía carolingia. Alcuino en sus cartas -del año 798 al 800- empleará insistentemente el término "Imperio cristiano", refiriéndose al reino de Carlomagno: quizás se trate en su pensamiento de una realidad espiritual, la comunidad de los creyentes -y sabemos cómo Carlomagno la tenía en su corazón-, pero el hecho nos permite reconocer la referencia aun imperio romano-cristiano, cuerpo político de la cristiandad y cuya misión esencial debía consistir en la defensa de la Iglesia. En cambio el Bizantino, arrogante y tiránico, aseguraba mal tal protección. Carlos, señor unificador de Occidente cuya metrópoli era Roma, sabrá dar al cristianismo el vigor capaz de forjar un espíritu común a las distintas poblaciones incluidas en el reino carolingio. Alcuino, evocando en el 799 la muerte de dos duques de Baviera y del Friul escribe al respecto: "estos hombres tan valientes que conservaron y extendieron las fronteras del Imperio cristiano". La correspondencia de Alcuino indica claramente cuál fue el tenor de los problemas debatidos en torno a Carlomagno: en la corte franca había una opinión que consideraba, de hecho, la existencia del "Imperio Cristiano".

Mientras tanto la situación de Roma en el año 799 se agudiza: la aristocracia romana se opone a León III. En la ciudad se producen tumultos, se maltrata al Papa, que se ve obligado a refugiarse en Spoleto. La noticia de los acontecimientos traspone los Alpes; Alcuino, con varias cartas, incita a Carlomagno a restaurar la Santa Sede. Carlos está en Sajonia, en Paderborn, donde se le reúne León III. Por cartas que le llegan de Roma, el rey se entera de las acusaciones que se hacen al Papa, que, según el cronista, "fue acogido con grandes honores, al cabo de algún tiempo enviado nuevamente a Roma con la misma deferencia". Alcuino exhorta al rey nuevamente: el Papa es inocente, los romanos son los únicos culpables; importa "corregir lo que debe ser enderezado y conservar lo que se debe mantener". Carlomagno actúa con la prudencia habitual: envía comisarios reales con el fin de que efectúen indagaciones en el lugar, en la espera de que él se dirija personalmente a Roma para examinar la situación. ¿Qué se había conversado en Paderborn entre el Papa y el soberano?, ¿qué se había tratado?, ¿se le había prometido a Carlomagno la dignidad imperial como recompensa de sus buenos oficios? Obras poéticas posteriores al acontecimiento, así lo sostienen.

 

León III retorna a Roma, donde la y situación no se ha normalizado todavía. Alcuino defiende siempre su causa; es necesario la plena restauración del Papa, sea éste culpable o inocente; la unidad y la tranquilidad de la Iglesia lo exigen. Carlos finalmente se decide, después de haber convocado una asamblea general del reino en Maguncia para informar de su intención de bajar a Italia. A comienzos de diciembre llega a Roma, donde el Papa lo acoge con grandes honores; reúne una asamblea para discutir las acusaciones contra el pontífice: pero nadie las mantiene. El Papa pronuncia la "purgatio per sacramentum" (declaración de inocencia) propuesta por el rey de acuerdo al derecho germánico, solución de compromiso apta para satisfacer a ambas partes. El juramento tiene lugar en San Pedro, el 23 de diciembre, bajo la presidencia de Carlomagno, con gran asistencia de prelados, clérigos, laicos, romanos y francos; después, la asamblea deliberó sobre el restablecimiento del Imperio, recordándose la usurpación de Irene, es decir el título imperial vacante, y la posible unifícación del Occidente romano bajo el gobierno del rey de los francos. Los Anales refieren que Carlomagno "no quiso rechazar la petición de los obispos y del pueblo".

La ceremonia oficial que consagró la ascensión de Carlomagno al imperio tuvo lugar dos días después, en Navidad, hecho inspirado en la tradición bizantina y algo modificado de modo de dejarle el papel principal al Papa: la coronación del emperador a manos del pontífice, la aclamación y por último, la adoración por parte del Papa y de los altos signatarios del Estado y de la Corte. En Bizancio, la coronación seguía a la aclamación por parte del senado y del ejército y constituía una especie de elección. Y es, en realidad, en la modificación del rito donde se debe buscar la explicación de cuanto escribe al respecto Eginardo: "Carlos se mostró en un principio tan descontento que habría renunciado -decía- a entrar en la iglesia en aquella ocasión, aunque fuese un día de gran fiesta, si hubiera conocido anticipadamente las intenciones del pontífice." No se trataba en este caso de falsa modestia.

 

Los contemporáneos han visto en esta coronación imperial una indiscutible promoción en la jerarquía de poderes. Las monedas, las actas de cancillería denuncian la toma de conciencia del renacimiento del Imperio romano y de la dignidad imperial. Alcuino, en los años sucesivos, escribirá al Emperador cartas llenas de enseñanzas, mostrando la dignidad imperial como un homenaje a su persona, a su sabiduría, a su poder; pero este Imperio, apenas resurgido, es ante todo el Imperio Cristiano. Este es el sentir de todos los signatarios carolingios.

En el año 802, Carlomagno convocó en Aquisgrán una asamblea general luego de la cual promulgó un capitular que trazaba un programa al que cada uno debía atenerse para vivir rectamente. Cada hombre libre debía renovar su juramento de fidelidad a Carlos como emperador; una forma de ratificar la creación del Imperio por parte de la población franca.

 

La fórmula del nuevo juramento incluye además un elemento del juramento de súbditos a vasallos, que ata a cada uno a una fidelidad más rigurosa y amplia que la simple fidelidad tradicional.

La impresión general que se deriva de este capitular es que Carlomagno busca sustituir los deberes debidos a la persona del príncipe por obligaciones referidas a la causa que él mismo sirve. Con el retorno del Imperio se tiene la impresión que se opera un renacimiento de la noción de Estado.

 

En ese mismo año, Carlomagno convoca otra gran asamblea compuesta de altos funcionarios laicos y eclesiásticos y propone la restauración, la enmienda y los complementos de la legislación civil vigente, y sugiere un mejor conocimiento de los cánones del Concilio y de los decretos papales, como así también la regla de San Benito para los monjes y aporta, igualmente, correcciones a las leyes del reino con una serie de capitulares y agregados a ciertas leyes nacionales. Todo esto constituía una innovación importante, pues se reveía el derecho antiguo, considerado sagrado e intocable y se elaboraba un gran número de reformas al derecho de sus pueblos.

Como Justiniano, el nuevo emperador ha hecho un esfuerzo enorme para fijar el derecho eclesiástico y secular del Imperio.

 

Al mismo tiempo, trató de promover el triunfo de los principios cristianos en el juego de las instituciones y en la vida cotidiana. El tono de los capitulares se hace más patético hasta asumir el carácter de verdadero sermón. El principio que debe presidir y animar la vida social es la paz -este tema reaparece continuamente-, la paz hecha de concordia perfecta entre los engranajes del organismo social; paz entre grandes y pequeños, paz entre los grandes, paz garantizada por la Iglesia. Este ideal constituyó una lenta transformación del contenido de la noción de función pública. Concepto importante, afirmado por una élite de intelectuales. Pero, a pesar de las prédicas imperiales, el desorden, la corrupción, la violencia, lejos de ser alejados, se desarrollan de un modo inquietante en ese inmenso cuerpo que fue el Imperio franco.

Bizancio consideró la creación de un emperador, por obra del Papa -en Occidente-, como un acto de rebelión a la autoridad legal. Carlomagno, al conocer la situación, trató de resolver el problema planteado por su coronación. Debió descartar la guerra cómo solución de la controversia, y se vio obligado a recurrir a la negociación. Por su parte, Irene se inclinó igualmente hacia la diplomacia. Se llegó a sugerir un matrimonio entre ella y Carlos, pero el proyecto no se realizó: una revolución de palacio depuso a Irene y Nicéforo I tentó también la negociación, con el propósito de esbozar luego un proyecto de tratado.

 

La tensión provocó entonces la guerra, en el plano religioso como en el plano militar. A un mismo tiempo, Carlos arregla su sucesión: sus tres hijos ya consagrados, son asociados, aún en vida suya, al reino y al Imperio.

Mientras tanto el sucesor de Nicéforo, Miguel I Rangabe, obligado por dificultades externas e internas, se apresura a concluir la paz con Carlos y le reconoce el título imperial a cambio del abandono de Venecia y Dalmacia. Satisfacción no pequeña, para el amor propio de Carlomagno.

 

En el año 813, ante la muerte de sus hijos, arregla nuevamente la sucesión en provecho del menor, el rey Ludovico. Con este propósito convoca una asamblea general en Aquisgrán, que por aclamación total lo hace partícipe del poder imperial. La coronación tiene lugar en la Capilla de Aquisgrán, con aclamación general. Roma no es más el centro del Imperio, con ventaja para Aquisgrán y los francos. Pero el Imperio permanece fundamentalmente como un Imperio Cristiano.

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