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Domingo, 20 de Agosto de 2017
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Napoleón Bonaparte: Fue

   

Al final de sus días, Bonaparte se sintió más próximo a sus orígenes que cuando fue el "sol" de Austerlitz y de Erfurt; más próximo, particularmente a la manera del yerno del "buen Franz": ".. . solo encuentro nobleza en la canalla que he desdeñado y canalla en la nobleza que he hecho." Ha puesto perfectamente en claro tanto la aversión con que perseguía la transformación social, cuanto la "nueva era" que, en nombre de "nuestra" gran revolución, contraponía a todos los antiguos regímenes. Aludiendo a la polarización de las fuerzas de las clases actuantes, preanunció un breve respiro a la reacción: "De ahora en adelante nada podrá destruir o borrar los grandes principios de "nuestra" Revolución. Puesto que los sobrevivientes del año II comparten con él el exilio, El Padre la Violeta, en desgracia en Santa Elena, mezcla verdad y poesía, y entrelazara oposición liberal, antes bien democrática, con la leyenda creada por él mismo: "he salvado la Revolución . . . tal es la causa por la cual muero mártir".

En Córcega, su figura permanecerá durante mucho tiempo oscurecida por la de Paoli. En Francia, la veneración perdura en las familias campesinas de la región alsaciana de la frontera, entre algunos historiadores y militares. Por más que sus despojos hayan sido trasladados -en 1840- a la catedral de los Inválidos en París, permanece de cierta manera, excluido de la tradición nacional. En última instancia, ésta no ha aceptado el fulgente meteoro llameante, considerándolo un extraordinario y desconcertante episodio, que ha dejado tras de sí más ruinas que beneficios. Las ideas napoleónicas, después de un ascenso vertiginoso, sufrieron un desmentido en las chismerías de sus descendientes, que, a la par que él, pretendían emular al león. Sin embargo, decenas de millares de escritos se han dedicado a Napoleón, y la cuestión todavía está sin resolver. Según Goethe, el Padre Eterno, con ligera ironía, dice al diablo: "Si tienes el coraje de atacarlo, puedes arrastrarlo al infierno". Admirablemente conciso es Manzoni en el Cinco de mayo: "Él fue .. ¿Fue verdadera gloria? ¡A la posteridad corresponde la ardua sentencia!".

Queda por ver a qué debe atribuirse la gloria: ¿a la inagotable capacidad creadora, al máximo esfuerzo espiritual, al purísimo y ético espíritu de sacrificio, a la Completa identificación del impulso íntimo con una misión histórica para la construcción de un mundo que abra el porvenir a las generaciones futuras?
Si es así, naturalmente el más grande de los condottieri de la era de la manufactura -y, desde cierto punto de vista, el último gigante, en su género-, no se encuentra a la altura de muchos otros. Ni siquiera de la de Maximiliano Robespierre, el abogado de Arrás, al que incluso honraba -y nuevamente- en Santa Elena. Un carácter autoritario, vengativo, presuntuoso, hipócrita y avaro; un jugador fullero que abusaba de la intangibilidad imperial del Emperador. A veces desordenado, egocéntrico, frustrado por una candente ambición, calculador desprovisto de generosidad, pone de manifiesto hasta su mal gusto teatral cuando hace su "entrada en escena" como un histrión o cuando ejercita sus modales frente al espejo, "pequeño como uno cualquiera, frente a su valet".

A menudo fanfarroneaba sin escrúpulo, y nada le importaba pisotear los sentimientos más sagrados. La conciencia le remuerde a veces por algunos soldados que habían perdido la vida en una demostración de su habilidad de subteniente ante los ojos de una muchacha, mientras los millones de muertos en los campos de batalla y las ruinas de las guerras le parecen normales. En realidad, incluso en sus mejores tiempos, no ha sido más que un girondino disfrazado, alérgico ante el mínimo amago de soberanía popular, inaccesible al amor por los humildes y sus necesidades. Su renuncia a cuanto de bueno había realizado la Revolución cumplió su venganza. El Emperador, que hace abrir los sarcófagos de Carlomagno y de Federico II, se convierte en un pragmático casi imbatible de cerca, pero sin clarividencia y sin profundidad. Tiende a la contradicción porque es un jugador fatalista, que en la paz piensa continuar la guerra con diversos medios, más que continuar (para decirlo con términos de Clausewitz) una política en la guerra. Cree, en definitiva -coincidiendo casi con las proféticas palabras de Leticia, "con tal que esto dure"- que el dominio sobre Europa terminará con él (lisonjero por su "unicidad") y sin embargo confía, con una primordial ceguera paternal, dejar a Napoleón II, contra entrega del "pagaré", una Francia poderosa y bien ordenada. ¿Podía la Revolución caer más bajo?

Durante su vida ha sido ya contrabatido: por la contraestrategia rusa y prusiana, por la fusilería de los infantes de Wellington, por la astucia de Talleyrand y por la hábil firmeza de Pío VII. El obispo de Besanzón, Le Coz, se hace doblemente culpable de herejía, cuando apostrofa: "Hasta aquí el más perfecto héroe salido de las manos de Dios". En el ascenso de la burguesía al dominio del mundo, se demuestra un instrumento como tantos otros. Cuando el moro cumple con su deber y se convierte en peso muerto, tiene que marcharse.

Pero éste no, es más que un lado de la medalla.

Clarísima su bravura, que erróneamente presuponía en los demás; pero, en ningún caso, individuo dotado de un genio específico que bordee la locura, Napoleón debe responder si ha logrado hacer irreversible el ordenamiento social de 1789; si su talento militar ha logrado difundir la revolución por toda Europa; si al ímpetu del pensamiento de la emancipación burguesa, después de haberla implantado en Francia, le allanó el camino más allá de sus fronteras, si abatió cercos y barreras, que ni siquiera su derrota pudo reconstituir; si su arte de guerra contribuyó siempre a crear y a acelerar desarrollos irrepetibles, incluso cuando tuvieron distinto éxito del que él se imaginaba; si hizo brotar fuentes, ayudando sin querer a sus enemigos a liberarse de estrecheces, si los ha obligado directamente a servirse de sus mismas conquistas -de buen o mal grado, con o sin segundas intenciones- para afirmarse contra el infiel administrador de la herencia de la Revolución.
El ejército de Italia y el Risorgimento, la batalla de las Pirámides y Mohamed Alí, Jena y von Stein, Wagram, Borodino, Bayona y Riego, Bolívar: ¿potencia faustomefistofélica que siempre quiere el mal y crea el bien? ¿No han demostrado mayor intuición Stendhal y Balzac, Mikiewicz y Pushkin, Byron y Heine, Víctor Hugo y Tolstoy, Stefan Zweig y Aragon con Walter Scott y Carlyle, que han volcado sobre el Emperador el rencor de Burke contra la democracia revolucionaria?

Ni ideal ni modelo, sino instrumento del progreso general del mundo, incontenible en su marcha: así los renanos Marx y Engels -lejísimos de cualquier culto- sintieron la condicionada pero incancelable potencia de la "espada" Bonaparte. Para decirlo con palabras de Franz Mehring: más que el mosaico de mil pormenores que vagan como fuegos fatuos, la fascinación de una personalidad que ha impregnado de sí mismo toda su época y la ha ligado a su nombre.

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