LUIS MANUEL URBANEJA ACHELPOHL
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Continuador
de la tendencia literaria de Manuel Vicente Romerogarcía es Luis Manuel
Urbaneja Achelpohl, considerado como padre del Criollismo venezolano. Nace
en Caracas de padre venezolano y madre alemana. Su adolescencia es de
estirpe romántica: rebelde ante los convencionalismos sociales, desinteresado
por la educación tradicional, amante de la naturaleza. De ahí que emprende
largas excursiones durante las cuales se interna en los campos, a veces
por semanas, al cabo de las cuales regresaba tan silenciosamente como
se había ido, trayendo inundada el alma de gentes y paisajes criollos.
Con estos motivos comienza a escribir en un género que estaba de moda.
Se trataba de pequeños poemas en prosa, que solían denominarse "acuarelas". El
autor de Peonía fue uno de los más célebres "acuarelistas" venezolanos.
Quizá por ello, y por razones de afinidad más profundas, Urbaneja le dedica
a Romerogarcía esta Acuarela, que data de 1894. El
sol se marcha. Sobre el oscuro verde de la montaña antoja un tono anaranjado,
que colándose por los huecos del follaje ilumina la seca hojarasca y las
gruesas raíces que salidas a flor de tierra parecen extrañas serpientes
inmóviles. Por una ladera desciende un grupo de mujeres, llevando en la
cabeza sobre gruesos rolletes haces de chamizas; el viento abomba sus
faldas terrosas, y ruedan a sus pasos los guarataros a los oscuros senos
de las quebradas. En llegando al pueblo, se van en derechura de las cocinas,
que de pronto se iluminan con las sanguíneas llamas de las chamizas en
los fogones. Ya todo es sombra. La montaña es una negra silueta destacándose en el fondo azul del ciclo, en donde comienzan a palpitar las estrellas de oro. Todos los techos de cocuiza tienen su pardo penacho de humo: en las cocinas de los ranchos, la familia labriega, recostados los unos a los gruesos horcones del bahareque, sentados los otros sobre las enjalmas de los asnos que rebuznan en el gamelotal, beben guarapo a largos sorbos en sus pichaguas, mientras que en los fogones estallan los ramos secosy por el camino alguien, alejándose en el silencio de la noche, deja, perdido en el aire, el triste, monótono galerón:
En
este apunte de los veinte años, aparecen ya los elementos básicos del
Criollismo que van a dirigir toda la obra de Urbaneja: temas autóctonos,
opuestos al exotismo de los modernistas, orientados a la captación del
paisaje criollo y de los tipos humanos característicos del país, con sus
trajes, costumbres, hábitos de trabajo, formas de vida en general, así
como el uso de términos venezolanistas ("chamiza", "pichagua",
"guarapo"). Urbaneja
abandona repentinamente la vida errátil y se disciplina en los estudios.
En el Colegio Aveledo finaliza su educación media. Se inscribe en la Universidad;
cursa hasta el cuarto año de Derecho. Pero su verdadera vocación estaba
en una creciente pasión literaria. Un día sus compañeros universitarios
no vuelven a verlo en clase. Uno de ellos, Pedro Emilio Coll, lo recuerda: Alguien
me asombró con la noticia de que Urbaneja tenía un vaquería. No, quería
convencerme por mis propios ojos. Y allá me fui. Pasé la rústica puerta
de un corralón, tropecé con una carreta repleta de hierba, con varios
instrumentos de labranza, con una montura desvencijada, y entre el vaho
cálido del establo, acariciando con su mano el lomo de una vaca, estaba
Urbaneja Achelpohl, con burdos zapatos y un kepis blanco que a duras penas
le sujetaba la cabellera desordenada. Un grueso abrazo y una gruesa carcajada. -Esta
es la vida -parlaba entre risas desdeñosas, esta atmósfera me grada más
que la de los círculos literarios, que es de hipocresías y envidias; las
vacas me quieren y me obedecen; todas me conocen; mira aquella que me
guiña los ojazos; acaso está celosa de ti. No, y lo que es como higiénico,
seguro que vale la pena. Mírame! Y en efecto, él que antes era flacucho y amarillento, tiene ahora anchos los hombros y panzudas las rosadas mejillas. Estos
oficios campestres le deparan, por añadidura, el contacto diario, íntimo
y desaprensivo con esa Venezuela rural que tan de bulto aparece en sus
relatos. Urbaneja experimentó verdadera complacencia e interés por las
gentes rústicas, con las que charla por horas, sobre sus formas de vida,
sus problemas, tradiciones, costumbres, consejas. Así lo testimonia su
amigo y, en cierta medida su discípulo literario, José Rafael Pocaterra: A
los veinticinco años, Urbaneja recibe su bautizo de fuego, en la Revolución
Nacionalista que acaudilla el General Hernández contra el gobierno de
Ignacio Andrade. Las escenas de violencia que presencia en los campos
de guerra, los increíbles personajes que conoce, le permiten describir
y narrar con gran vigor y realismo las batallas de su mejor novela, En
este país!... En una de esas escenas aparece fugazmente un personaje extraordinario,
la "Mapanare", una de aquellas mujeres que iban en seguimiento
de sus hombres, durante las penosas marchas y contramarchas de la revolución.
Heroínas a ratos, samaritanos, despojadoras de cadáveres, con cabeza y
manos tiznadas por las quemaduras de la pólvora, estas soldaderas parecían
encarnar la violencia, la rapiña y el amor. Después
de esta experiencia bélica la vida de Urbaneja Achelpohl transcurre en
la paz hogareña. Se aparta de los cenáculos políticos e intelectuales,
se dedica a su trabajo bucólico y al ejercicio callado pero continuo de
su oficio literario. Por la mañana dialoga con gañanes, peones, ordeñadores;
por la tarde recibe la visita de sus compañeros de letras, Pedro Emilio
Coll, Pedro César Domínici, José Rafael Pocaterra, Rufino Blanco Fombona,
Rómulo Gallegos, Jesús Semprum, Juan España. Durante los gobiernos dictatoriales
de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, Urbaneja se aparta aun más. Con
su familia habita en los aledaños de Caracas, primero en Los Dos Caminos,
luego en Quebrada Honda, más tarde en El Valle. Se gana la vida administrando
una pequeña vaquera. Ya en las postrimerías de su existencia, acepta dirigir
la escuela de arte escénico que funda el Ministerio de Educación (1936).
A los sesenta y cuatro años fallece en Caracas. Desde su refugio de exilado
en Point-Claire (Canadá), José Rafael Pocaterra imagina la escena del
sepelio de Luis Manuel Urbaneja Achelpohl: Ya no volverá a descender más la cuesta, ya no irá a pasarse sus tardes a la estrecha mesa, con los espejuelos caídos y las cuartillas dispersas; y le habrán cantado el responso final y por la misma carretera que de la vulgar capital le traía a la paz de su albergue, ahora le llevarán, a ubicarlo en la medida estrecha, bajo la piedra cifrada. Algunas lágrimas, el registro de su partida de propiedad en la tierra venezolana donde al fin tiene casa propia. Comentarios de prensa. No mucho ruido, no, que ese que llevan a enterrar es un pedazo de la Venezuela eterna; y a Venezuela se la entierro así, por trozos y modestamente. SU OBRA LITERARIA A
juzgar por el testimonio de Pedro Emilio Coll, el inicio de Urbaneja como
escritor está bajo el signo de la estética modernista afrancesada. Pero
ya en 1893, al filo de los veinte años, Urbaneja se encuentra escribiendo
estampas criollas. Y un año más tarde inserta en la revista Cosmópolis
dos ensayos doctrinarios, en los que aboga por una literatura nacional.
Urbaneja parece haber captado el mensaje de Peonía, y de una vez para
siempre consagra su entusiasmo a expresarles paisajes de su tierra, y
a narrar lo que le ocurre a los hombres de pueblo con quienes se tropieza
en posadas de camino, a la sombra de los bucares, en los barbechos, al
pie de las vacas. "Un pueblo que no posee la manera genuina de expresar
sus sentimientos -escribe Urbaneja- no tiene derecho alguno a aspirar
un puesto en la armonía universal". Extinta
Cosmópolis, Urbaneja pasa a ser uno de los más asiduos colaboradores de
El Cojo Ilustrado. En 1896 publica su primer cuento, "Botón de algodonero".
Desde entonces, y hasta 1914, es un consecuente redactor de la publicación
de Herrera Irigoyen, en cuyas páginas ven la luz la mayor parte de sus
relatos breves, compilados casi todos en los dos volúmenes El Criollismo
en Venezuela en cuentos y predicas (1945). Publica tres novelas: En este
país!... (1920), El Tuerto Miguel (1927) y La casa de las cuatro pencas
(1937). Al parecer, deja inédita A la sombra de la Negra Juana. Resumen
crítico de la novela "En este país!....... ". Consta
la obra de veinte capítulos, estructurados en tres partes fácilmente identificables. La
primera parte (capítulos I-XI) transcurre en la hacienda "Guarimba",
situada a escasa distancia de Los Dos Caminos, a orillas del río Tócome.
En aquel ambiente paradisíaco, una pareja de jóvenes, Paulo y Josefina,
se atraen y terminan por enamorarse. Es, en esencia, el mismo tema idílico
que ya conocemos como típico en la novela hispanoamericana del diecinueve
y primeras décadas del veinte. La
circunstancia de que Paulo es un pobre peón, y ella, la hija de los dueños
de "Guarimba", crea el conflicto, que es de orden socioeconómico.
Paulo y Josefina, al ser engendrados expresamente para protagonizar un
conflicto de clases, resultan convencionales y estáticos. A lo largo de
la novela, Paulo no hace sino atender a sus sentimientos por Josefina,
como peón que la acompaña en sus excursiones campestres, como soldado
que arrostra toda clase de peligros y cumple las mayores hazañas en su
afán por hacerse general, e ingresar a la clase de su amada. Desde los
tiempos de la Independencia -recuérdese la trayectoria de Páez- este fue
uno de los caminos que el hombre del pueblo tuvo para superar su origen. Josefina
es una muchacha enfermiza que recuerda a las heroínas románticas. Haciendo
caso omiso de los prejuicios de clase, se enamora de Paulo Guarimba, descendiente
de esclavos, afronta la ira de sus padres, que la arrojan de la casa por
considerarla indigna. En este aspecto, la novela de Urbaneja, es folletinesca. Más
interesante es el doctor Gonzalo Ruiseñol, propietario de la hacienda
"La Floresta". Graduado en Norte América de Ingeniero Agrónomo,
regresa lleno de proyectos encaminados a lograr un mayor rendimiento de
las tierras de labranza, un mejor provecho en la cría de ganado vacuno
y de las aves de corral. Sus ideas progresistas chocan con la opinión
adversa de los viejos agricultores, quienes llegan a juzgar al doctor
Ruiseñol como un demente, un botarate o un soñador. El personaje de Urbaneja
recuerda al joven ingeniero Carlos, el de Peonía, y, en alguna medida
se emparenta con el futuro Santos Luzardo, de Gallegos. Otro
personaje de algún interés, como caricatura social, es un periodista de
apellido Guaro, adulador, oportunista y reaccionario. Salta
a la vista el propósito de Urbaneja. El quiere erigir a todos estos personajes
en símbolos de una Venezuela descompuesta por la ambición y las guerras
civiles. Por ello, uno de los valores en esta novela es de carácter ético.
Se ha observado que el título En este país!... es idéntico al de uno de
los artículos de costumbres del romántico español Mariano José de Larra
(1809-1837). Más que una simple coincidencia de títulos, hay una relación
más profunda, consistente en una definida y beligerante posición de moralistas
que toman las costumbres de sus pueblos, así como los personajes característicos
de ambas sociedades, para ejercer una función de censores. Esta orientación
ética de Urbaneja se evidencia en la segunda y tercera parte de la novela. La
segunda parte (capítulos XII-XVII) tiene por escenario los campos de la
guerra civil. Los combates, particularmente, están narrados con gran vigor
y realismo, por lo que es de suponer que responden a vivencias de Urbaneja
en sus andanzas revolucionarias. En esta guerra juegan su suerte Paulo
Guarimba (quien pelea como recluta en las filas del gobierno), y el doctor
Gonzalo Ruiseñol (quien se ha ido con los revolucionarios para salvar
de la hipoteca su hacienda "La Floresta"). El bando subversivo
pierde. El doctor Ruiseñol cae preso y es conducido a una tenebrosa cárcel
política, a la que llega moral y materialmente destruido. De la prisión
lo libera el General Paulo Guarimba, Ministro de Guerra y Marina, quien
además le consigue un empleo como archivero, para que el doctor Ruiseñol
viva decorosamente. La
tercera parte (capítulos XVII-XX) refiere la entrega de la hacienda "La
Floresta' a don Toribio y doña Carmen Pichirre; y las bodas fastuosas
del General Paulo Guarimba y Josefina Macapo quienes cuentan ahora con
la aprobación y el contento de los padres de la novia. La novela de Urbaneja presenta el ascenso de un personaje del pueblo a las cimas del poder. En esto, Paulo Guarimba recuerda al General Galindo, personaje de Idolos rotos (1900), quien de mayordomo de hacienda llega a Ministro de Fomento. Pero Urbaneja va más allá. Guarimba, cifra del pueblo, sale del anonimato y escala elevadas posiciones. Pero Ruiseñol desciende de la posición de un rico terrateniente a la de un empleadillo de ínfima categoría. El tema de la descomposición moral y el desmoronamiento de la vieja aristocracia terrateniente venezolana, es también materia novelística en José Rafael Pocaterra, particularmente en Vidas oscuras (1916). El tema no se queda en estos narradores, sino que avanza hasta Rómulo Gallegos, quien lo replantea en La trepadora (1925). |